La putrefacción hace que crezca tu polla.
Y es bienvenida.
Tu mano es la excusa para dejarme el pelo tan largo.
Tu vientre es mi billete hacia el infierno.
Tu boca el cielo en él.
Tu cara un homenaje si me escupe entre las tetas.
Quiero que lo hagas fuerte, como si fuera la última vez.
O siempre la primera.
Quiero odio, quiero dolor, quiero rabia y gritos.
Quiero no quererme en la cama si es contigo.
Que quiera y no pueda.
Quiero ser puta, princesa y manjar. Arrastrarte contra mi paladar.
Cabalgarme las entrañas.
Temblar.
Seguir.
Temblar.
Seguir.
Que no importe el ruido, los días ni el lugar.
Quiero destrozar tu puto cielo, sin salir de tu habitación.
Que me atrapes, si me dejo,
Que me ates, si te duelo, que abuses.
Que me duelan las muñecas de tanto desear-me.
Que me sienta presa en la peor cárcel de todas.
Quiero que en una lucha de titanes huela a victoria.
La tuya.
Quiero que seas objeto de bestia.
Quiero que la violencia sea esperpéntica.
Que la confianza sea lubricada para penetrarnos
Que nos deje hacernos todo el daño que queramos.
Que parezca la peor traición.
Quiero que me hundas la cara, que me aprietes la tráquea.
Que los cardenales no llamen nuestra atención.
Quiero marcarte en mi vida con una X.
El primer hombre que me hizo llorar.
De rodillas.
Quiero que me saques a pasear sin bragas
Porque tú me lo has pedido.
Quiero enseñarte el coño dónde tú me lo exijas.
Quiero ocultar un orgasmo debajo de la mesa.
Salir del baño público después de tragarme tu alma.
Morirme, morirme, morirme de vergüenza. Por tu culpa.
Cazador y presa. Cuando y como tú me digas.
Que me agarres las tetas, y después me des los buenos días.
Y que no te arrepientas.
Que grabes a fuego tu mano en mi piel. Que sea tu obra de arte.
Obra que arde.
Encadenar orgasmos como preliminar.
Desayunarte, despertarte, desnutrirte, morderte. Hasta sangrar.
Quiero bañarme en tu saliva con la mía,
Sentir que soy humana porque huela a animal.
Quiero que me cuentes tus mentiras tan verdades.
Ser una zorra, una perra, destrozar los carnavales.
Reviéntame.
En todos y cada uno de tus finales.
Enséñame.
Que quiero chupártela más y mejor
de lo que pueda quererte
algún día.
martes, 5 de agosto de 2014
jueves, 31 de julio de 2014
viernes, 18 de julio de 2014
Desatascarse.
No tengo palabras pero escribir desatasca el corazón.
Parecimos intocables, pero no estamos por encima de las vanalidades de la vida.
Los restos me apuñalan suavemente porque soy mediocre, junta o separada.
Soy experta en reinventar una y otra vez futuros posibles y presentes imposibles.
Tan altos que a veces, tienes que descansar para subirlos.
Y aquí estoy,en la cima de todo ésto.
Tanta escalera y sudor. Y orgullo. Y muertos.
Miedo de mi sombra, pero atrevida a sentir.
Llena de sentimientos decapitados más hambrientos de vida que nunca.
Lo cierto es que no sé si merecerá la pena.
Sé que callé como si nunca más fuese a abrir la boca mientras esperabas más y más de mí.
Ahora me tengo a mí, y ya no quiero más, me sobra todo. Quizás por eso no tenga palabras.
No es fácil, pero es la única manera de no estar dentro.
Parecimos intocables, pero no estamos por encima de las vanalidades de la vida.
Los restos me apuñalan suavemente porque soy mediocre, junta o separada.
Soy experta en reinventar una y otra vez futuros posibles y presentes imposibles.
Tan altos que a veces, tienes que descansar para subirlos.
Y aquí estoy,en la cima de todo ésto.
Tanta escalera y sudor. Y orgullo. Y muertos.
Miedo de mi sombra, pero atrevida a sentir.
Llena de sentimientos decapitados más hambrientos de vida que nunca.
Lo cierto es que no sé si merecerá la pena.
Sé que callé como si nunca más fuese a abrir la boca mientras esperabas más y más de mí.
Ahora me tengo a mí, y ya no quiero más, me sobra todo. Quizás por eso no tenga palabras.
No es fácil, pero es la única manera de no estar dentro.
martes, 13 de marzo de 2012
La más linda canción.
La más linda canción
No sé hasta que punto se alargará o acortará todo ésto. Ni cuánto puede doler el disparo certero.
No sé si la duda es la mejor o la peor compañera, aunque sincera.
No sé hasta que altura quiero que me llegue el fango postrada aquí.
No sé, como siempre, casi nada de lo que quiero, ni lo que dejo de querer.
No sé qué dirán de mí las noticias, el mundo, el universo o la más ínfima mariposa.
Ni sé qué espero.
Soy el último peón que se queda quieto en la línea de frente. Helado, sin pasiones que me muevan. Las trincheras están llenas de muertos, la orquesta jamás me seguirá. Los disparos retumban alrededor y suplico que me dé uno, el más letal, el más rápido, que penetre como la más linda canción. Aunque no sea nada en este juego que es la vida.
Larga vida al rey.
No sé hasta que punto se alargará o acortará todo ésto. Ni cuánto puede doler el disparo certero.
No sé si la duda es la mejor o la peor compañera, aunque sincera.
No sé hasta que altura quiero que me llegue el fango postrada aquí.
No sé, como siempre, casi nada de lo que quiero, ni lo que dejo de querer.
No sé qué dirán de mí las noticias, el mundo, el universo o la más ínfima mariposa.
Ni sé qué espero.
Soy el último peón que se queda quieto en la línea de frente. Helado, sin pasiones que me muevan. Las trincheras están llenas de muertos, la orquesta jamás me seguirá. Los disparos retumban alrededor y suplico que me dé uno, el más letal, el más rápido, que penetre como la más linda canción. Aunque no sea nada en este juego que es la vida.
Larga vida al rey.
viernes, 2 de marzo de 2012
Relative.
No logro comprender, entonces abro paso a la destrucción.
Aunque no sé si lleva de la mano perfección o imperfección.
No logro dormir o a veces tenerme en pie, no sé ver ni el blanco, ni el negro, ni el gris, ni el rosa.
No diferencio los coches ni las personas ni los monstruos que hay debajo de mi cama.
No me siento bien si me despierto, tampoco si me duermo.
No tengo prioridad sobre pelo liso o rizado, sobre playa o montaña, sobre bolso o mochila.
A mi alrededor no veo hermosura, veo basura.
No sé que es la verdad o la mentira, piadosas o no, pero sí me han dicho lo que duele.
Me han enseñado los límites, aunque no los comprenda.
Hablo sobre todo, aunque no lo comprenda.
Intento hacer lo justo, en un mundo que no sabe ni qué es eso.
Suplico lo mismo, aunque no sepa ni qué es eso.
Todos respiramos aunque no sabemos ni porqué.
Quizás debería haber pedido nacer, quizás no.
No sé hasta qué punto la petición es petición en si, o hasta cuánto se respeta.
O qué es el respeto aquí o en tu país.
Lo que sé es que hincho mis pulmones aunque esté cansada,
que a veces me gustaría vivir, y otras dejarme morir.
Ansiaríais mi miedo para nombraros valientes solo con el hecho de respirar.
Aunque no sé si lleva de la mano perfección o imperfección.
No logro dormir o a veces tenerme en pie, no sé ver ni el blanco, ni el negro, ni el gris, ni el rosa.
No diferencio los coches ni las personas ni los monstruos que hay debajo de mi cama.
No me siento bien si me despierto, tampoco si me duermo.
No tengo prioridad sobre pelo liso o rizado, sobre playa o montaña, sobre bolso o mochila.
A mi alrededor no veo hermosura, veo basura.
No sé que es la verdad o la mentira, piadosas o no, pero sí me han dicho lo que duele.
Me han enseñado los límites, aunque no los comprenda.
Hablo sobre todo, aunque no lo comprenda.
Intento hacer lo justo, en un mundo que no sabe ni qué es eso.
Suplico lo mismo, aunque no sepa ni qué es eso.
Todos respiramos aunque no sabemos ni porqué.
Quizás debería haber pedido nacer, quizás no.
No sé hasta qué punto la petición es petición en si, o hasta cuánto se respeta.
O qué es el respeto aquí o en tu país.
Lo que sé es que hincho mis pulmones aunque esté cansada,
que a veces me gustaría vivir, y otras dejarme morir.
Ansiaríais mi miedo para nombraros valientes solo con el hecho de respirar.
sábado, 4 de febrero de 2012
Enough.
La casa acorazada estaba plagada de cosas rotas,
entre ellas, demasiadas botellas y colchones.
Demasiadas cabezas y corazones.
entre ellas, demasiadas botellas y colchones.
Demasiadas cabezas y corazones.
martes, 13 de diciembre de 2011
Versos en el metro.
Siento que me esparzo y me contengo,
que me siento y me revuelvo,
que respiro pero tiemblo.
Siento que me muero y comienzo,
que me disparo y me retuerzo,
que vibro de nuevo.
Siento que soy valiente,
Sólo porque temo.
viernes, 29 de abril de 2011
Difuntos.
Huele a azul. Color marino de ojos rotos. A Madrid por las mañanas. A desayunos mudos. A la falta de los silencios astutos que impregnan de ironía la vida. Los he buscado, te lo aseguro, y no hay arlequines en el mundo de Desencanto. Huele a frío. Ahora mismo soy el aire que no existe en Vacío.
Me acobardo porque ella me ataca. Mi gran amiga, mayor enemiga, escupe manchas en estas hojas blancas. Indago, me agito, me revuelvo entre el alquitrán que palpita porque estoy perdida y no me encuentro.
Me quiero lavar la cara. Sólo para saberlo. Sólo eso.
Tráquea, trágame. Y me ahoga en soledad, en sombra. En anillos negros, en existencia mórbida y en invierno.
Me lloran los mismos difuntos. Los cadáveres duermen a mis pies antes de su hora, generaciones de muertos huelen aquí dentro antes de vivir. Los abortos cuelgan de las paredes, vomitan los vientres, arden las madres. Las batallas se resuelven porque me rindo. Y su espada penetra mucho, mucho más hondo que el corazón.
No llego a la puerta.
Venga. Desnúdame si no sirvo para mucho más.
Me acobardo porque ella me ataca. Mi gran amiga, mayor enemiga, escupe manchas en estas hojas blancas. Indago, me agito, me revuelvo entre el alquitrán que palpita porque estoy perdida y no me encuentro.
Me quiero lavar la cara. Sólo para saberlo. Sólo eso.
Tráquea, trágame. Y me ahoga en soledad, en sombra. En anillos negros, en existencia mórbida y en invierno.
Me lloran los mismos difuntos. Los cadáveres duermen a mis pies antes de su hora, generaciones de muertos huelen aquí dentro antes de vivir. Los abortos cuelgan de las paredes, vomitan los vientres, arden las madres. Las batallas se resuelven porque me rindo. Y su espada penetra mucho, mucho más hondo que el corazón.
No llego a la puerta.
Venga. Desnúdame si no sirvo para mucho más.
martes, 1 de febrero de 2011
Anclado.
Una vez más vuelvo a abrazarme a mí misma antes de salir ahí afuera. Lejos de las sábanas no hay abrazos que valgan, y abundan las tempestades. Levanto las velas y las cortinas. Me despego de la cama, haciéndome la misma maldita pregunta de siempre. Desnuda, para variar, intentando buscar las chanclas por algún lugar de la habitación, no sé dónde las dejé, como tampoco sé donde dejé las ganas de vivir. La marea solo trae mierda al fin y al cabo.
Hoy quiero navegar con lo más bonito que tenga, por eso de decorar el despojo. Y me lanzo a mar abierto para que el futuro no se caiga al mar.
Como un barco pirata sin dirección camino por la Gran Vía con lo primero puesto. La falda es corta, para dejar largas las velas que me lleven a Nunca Jamás. Me pongo la mirada felina y la media sonrisa, la otra media la guardo para cuando me quieran de verdad. Náufraga del viento y musa de muchos, por bandera la ropa de alquien que nunca probé. Los ojos llorosos, la vida tendida, y al timón las ganas de estallar. 230 km/h para huir, contoneando caderas y bailando cada ola. Dejando todo atrás.Y llegar antes posible lo más lejos de aquí, lo más lejos, por favor. Allá donde esté mi maldito tesoro. Sólo es tiempo y velocidad.
Hoy quiero navegar con lo más bonito que tenga, por eso de decorar el despojo. Y me lanzo a mar abierto para que el futuro no se caiga al mar.
Como un barco pirata sin dirección camino por la Gran Vía con lo primero puesto. La falda es corta, para dejar largas las velas que me lleven a Nunca Jamás. Me pongo la mirada felina y la media sonrisa, la otra media la guardo para cuando me quieran de verdad. Náufraga del viento y musa de muchos, por bandera la ropa de alquien que nunca probé. Los ojos llorosos, la vida tendida, y al timón las ganas de estallar. 230 km/h para huir, contoneando caderas y bailando cada ola. Dejando todo atrás.Y llegar antes posible lo más lejos de aquí, lo más lejos, por favor. Allá donde esté mi maldito tesoro. Sólo es tiempo y velocidad.
No hay tierra a la vista. Me subo a lo más alto del mástil para observar dónde quedó mi destino. Y miro alrededor sin respuesta. Me echo las manos a la cabeza. Me doy cuenta de que Nunca Jamás es la segunda estrella a la derecha, y que sólo soy un barco que navega a la deriva por la calle Montera.
Como dicen, nunca fue fácil llegar a ser una princesa.
Me siento en mitad de la acera, Poseidón ha vuelto a ganar y Penélope no está. Asique hecho el ancla, y tiro mi vida por la borda.
[…] Ni agarrarme a la ciudad, que todo se hundía.
Y vi el mar en la Gran Vía y soñé con navegar… y soñé con naufragar […]
...Y tocarme y hundirme, como en un juego.
lunes, 24 de enero de 2011
23
Jodida pero muy contenta.
70% Yo. 30% Ego.
El cerebro a -23ºC y el corazón a cien.
Personalidad enfermiza, insana, cruenta.
Adictiva.
Erase una mujer pegada a un arma en la sien.
Un puñado de inercia y máquina. Insaciable búsqueda de perfección.
El mar rompiendo en los ojos, el cielo arrugado en la boca.
Las ojeras de antifaz como Doña Inspiración.
Los dientes separados que dicen NO a lo establecido.
La lengua larga para mamársela al temor.
Mis tetas te hacen aguantar la respiración.
Y en mi espalda, junto a la gran cruz, los latidos carcomidos..
Pienso descargarme cuando encuentre algo mejor.
Las alas cortadas, que no cortas, para correr más rápido.
Vomito en vuestra vida las mentiras más reales.
Soy el odio y los principios.
El desencanto y los finales.
La culpable de que duermas cada noche en los portales.
Mis brazos son víricos,
esperpénticos,
transoceánicos,
esdrújulos,
que terminan en placentas de cinco dedos, dispuestas a parir como conejos.
Manos entrenadas en abrir cabezas y piernas.
Los nervios me asaltan, dentelleo las uñas.
Mi páncreas esconde mi parte más tierna.
Amo de verdad, por eso no lo he hecho nunca.
Mi ombligo es la batalla perpetua y mi coño la extinción.
El fuego en la piel, el vaho, el agua.
Las caderas un desencadenante de desesperación.
Las piernas se apoyan más en hombros que en suelos,
se follan la hipocresía a cada zancada.
Abusan del consuelo, del derecho al pataleo.
¿Ves? Soy la mujer perfecta con unos kilos de más.
sábado, 22 de enero de 2011
Supertramp.
Big Hard Sun
¿Sabes? Me han contado que hay un mundo oculto detrás de éste. Allí se sabotea con besos las mañanas del estrés rutinario. Las paredes se pintan de verde chillón. Te levantas y puedes ver el mar sin tener ninguna ventana. Alaska está a un palmo y hay tierra bajo tus pies. El sol ni se quema ni se contamina bajo las horas de la vida. Es un sitio sin carteles que te digan cuando y cómo has de comprar, porque no es necesario. O no te importa. Donde las mentiras solo existen para dar sorpresas. Los alimentos están sin fecha de caducidad, sanos como el agua cristalina y nulos en tortura. Puedes oír con tranquilidad los grillos en la noche. Ver las estrellas aunque en Madrid no se vean, y pasar horas y horas jugando sin llegar tarde a clase. Comer en el suelo sin mancharte los pies. Dónde todos los finales son de película. Un mundo dónde los lunares de mi cuerpo te cuentan que no quieren más cremas. Que ni mis ojos ni los tuyos son más bonitos con una raya negra. Un mundo en el que quitan la palabra 'natural' del diccionario. Las historias no se ordenan (como siempre que escribo) solo fluyen (como ahora). Hay hileras de dientes impacientes. Dibujos. Magia. Pena. Deseos confundidos. Temblores. Explosiones incontroladas. Romper olas lavando platos. Que te envidien las nubes saltando en la cama. Enloquecer bajo la manta, murmullos y gestos anónimos. Sellar miradas y guardarlas en cajas con estrellas enormes y enanas blancas. Llorar de alegría. No somos gente, somos tarados. Supermendigos que Sobreviven la vida. Happiness only real when shared. La excepción se convierte en regla. Dormir en las calles, y pensar realmente desde tu más utópica célula de la inteligencia, sin límites. Porque en este mundo, en el mundo en que vivimos, nos hacen pensar y ver que somos afortunados comparándonos con desgracias y mutilaciones de pecho.
Cuánto te echo de menos.
¿Sabes? Me han contado que hay un mundo oculto detrás de éste. Allí se sabotea con besos las mañanas del estrés rutinario. Las paredes se pintan de verde chillón. Te levantas y puedes ver el mar sin tener ninguna ventana. Alaska está a un palmo y hay tierra bajo tus pies. El sol ni se quema ni se contamina bajo las horas de la vida. Es un sitio sin carteles que te digan cuando y cómo has de comprar, porque no es necesario. O no te importa. Donde las mentiras solo existen para dar sorpresas. Los alimentos están sin fecha de caducidad, sanos como el agua cristalina y nulos en tortura. Puedes oír con tranquilidad los grillos en la noche. Ver las estrellas aunque en Madrid no se vean, y pasar horas y horas jugando sin llegar tarde a clase. Comer en el suelo sin mancharte los pies. Dónde todos los finales son de película. Un mundo dónde los lunares de mi cuerpo te cuentan que no quieren más cremas. Que ni mis ojos ni los tuyos son más bonitos con una raya negra. Un mundo en el que quitan la palabra 'natural' del diccionario. Las historias no se ordenan (como siempre que escribo) solo fluyen (como ahora). Hay hileras de dientes impacientes. Dibujos. Magia. Pena. Deseos confundidos. Temblores. Explosiones incontroladas. Romper olas lavando platos. Que te envidien las nubes saltando en la cama. Enloquecer bajo la manta, murmullos y gestos anónimos. Sellar miradas y guardarlas en cajas con estrellas enormes y enanas blancas. Llorar de alegría. No somos gente, somos tarados. Supermendigos que Sobreviven la vida. Happiness only real when shared. La excepción se convierte en regla. Dormir en las calles, y pensar realmente desde tu más utópica célula de la inteligencia, sin límites. Porque en este mundo, en el mundo en que vivimos, nos hacen pensar y ver que somos afortunados comparándonos con desgracias y mutilaciones de pecho.
Cuánto te echo de menos.
viernes, 21 de enero de 2011
Empty.
A veces crees que puedes escapar. Sí.
Y en esa habitación cerrada del décimo piso cierras los ojos como los niños pequeños, a ver si el problema desaparece con suerte. Y esperas. Esperas un poco más. Lo suficiente para que se vaya. Lo suficiente para saber que si los cierras, todo es mentira.
Y en esa habitación cerrada del décimo piso cierras los ojos como los niños pequeños, a ver si el problema desaparece con suerte. Y esperas. Esperas un poco más. Lo suficiente para que se vaya. Lo suficiente para saber que si los cierras, todo es mentira.
1. Bazofias.
2. Falacias.
3 minutos.
Como una cría entrecierras el izquierdo, un poco, lo justo para no ser vista. Y sigue ahí, sigue aquél bicho enorme esperando de pie, delante de ti, paciente para que le dediques la mejor de tus palabras. Sonriente y plantado. Abarcando toda la habitación como si fuesen 900 kilos de grasa. Ardiente, maleable, húmeda.
Hola, estoy aquí. Le falta saludarte con la mano y fumarse un cigarro delante de tu cara. Para recordarte con el humo que sigue esperando a que te ahorques. Que a cada gimoteo te des cuenta de quién manda, de empaparte con su mierda. No sabes qué hacer, aprietas los dientes y te duele por ahí dentro, como si te pincharan y despegaran vena a vena de tu estómago.
Maldita sea, ese es el momento en el que uno decide que no quiere abrir los ojos jamás.
Otras veces la mejor solución es hacer de princesa durmiente pero con vestido roto. Hacer de belleza acurrucada y con ojeras, pero igual de encerrada en ese lugar. Esperando a que te salven de las garras del monstruo. No. Abrir. Los. Ojos. Jamás. Soñar que no paras de soñar para que pase el tiempo. Tanto que si amas en un sueño lo sientas de verdad. Tanto que si te disparan, te salve de verdad. Tanto tanto, que sepas que cuando despiertes llorarás añoranza.
Lo único que supera la añoranza es la estratagema. Dilatar las pupilas, abrir los ojos, respondiendo a la motivación de salir de ahí. Tener fuerza por un segundo de abrir la única puerta que hay, porque sólo estás tú ahí metida.
Medir sigilosamente las caladas dadas, los segundos en su respiración, sus movimientos, la vibración del suelo, para que cuando despiertes… ¡Voilà! Eches a correr por la única puerta que hay. Para dejar todo atrás. La coartada perfecta para salir corriendo y llegar a la puerta. Para huir de Vacío.
Desear que te espere ahí, al abrir la puerta, el pianista que siempre soñaste. Ser cobarde, débil, pensar tirar del pomo y zambullirte en la boca que parece que te ansía. Desatarte en sus ojos. Llorar de emoción. Abrazar por todos los sitios posibles su ombligo. Calentarte bajo su brazo. Acusar al pecado desde sus manos creadoras. Protección. Y ganar al fin a todos. Y proclamarte desde su pelo la mejor princesa del mundo.
Alejarte de ti un poco más. De tu peor enemigo.
Pero no.
No es fácil.
Hace frío. Desencanto te espera en la siguiente habitación. Sólo hay ventanas y todas están abiertas de par en par. Toditas para tí. Y ahí no añorarás los sueños, sino a Vacío.
Sentirás como se te va la vida, aunque no sepas por dónde.
I'm looking over my shoulder
'cos millions Will whisper
I'm killing myself again
maybe I'm dying faster but nothing ever last I
Remember a night from my past when I was
Stabbed in the back and its all coming
Back and I feel that pain again
'cos millions Will whisper
I'm killing myself again
maybe I'm dying faster but nothing ever last I
Remember a night from my past when I was
Stabbed in the back and its all coming
Back and I feel that pain again
miércoles, 29 de diciembre de 2010
Gasoline.
Banda sonora para el relato
En ese mismo momento de la noche supe que había tenido demasiada suerte saliendo fuera sin que me pasara nada todas esas veces. Comprendí todo lo que hablaban las malas lenguas sobre esas bestias, que pierden la fe en sí mismos, se apagan y se dedican a cabrear a la gente fuera de sus casas, o agredirlas. ¿Sabéis porqué lo comprendí? Porque en ese momento estaba corriendo con una manada de seres irracionales a mis espaldas.
Las callejuelas de la zona abandonada y destrozada de la ciudad de Paradox no eran un buen lugar para una chiquilla como yo, y menos en esa situación tan crítica. Estábamos en guerra. En guerra anímica o algo así. Nosotros vivíamos de nuestra luz propia, de esa autoestima que tanto despreciábamos antes. No hablo en ningún sentido, era verdad que brillábamos. Y si nos apagábamos, nos convertiríamos en otro monstruo que merodea la ciudad, buscando almas débiles para destruirlas del todo. Por egoísmo. ¿Es una mierda, verdad? Es una mierda todo eso. La situación, la gente, la poca libertad para poder salir y respirar por las mañanas. Para bailar. Para sonreír sin estar armado en la calle. Para tener ganas de vivir. Los extremos en los espíritus, los polos opuestos. Y quería reventarlo todo. Me importaba una mierda todo lo que hubiese salvo yo… y alguien más.
Está claro, que nada de esto lo pensaba en ese instante. Que tenía los labios partidos era todo lo que inundaba mi cabeza. Y el cuidado de no morderme la lengua con cada zancada al querer notar el sabor dulzón de mi sangre. La arritmia, las ganas de salir volando de ahí. Los temblores fríos que no me dejaban buscar una puta salida. Los jadeos incansables que sacaban fuerzas de dónde no las había. Temer por la vida. Ser una víctima de eso que combatía con tanto ahínco, y caer de nuevo. Mi hogar en la zona nueva, yo en la zona vieja. Kilómetros entre ellos. Maldita sea, una ecuación que no se puede despejar. Escuchaba los gemidos y los lamentos pisándome los pies, pero no sabía dónde estaban, dónde quedaban. Corría, metiéndome por cualquier sitio con salida que iluminara mi luz pobre. Si al menos hubiera estado mi hermano o mi padre… Ellos conocerían el terreno en un santiamén solo por la luz que desprendían entre tanta oscuridad fúnebre. Ni siquiera estos bichos se les acercarían. Pero nada, mala suerte, Araziel. Te ha tocado.
La desorientación y las ganas de acabar con todo me empapaban y… y me tropecé. Torpe. Como siempre. Mi cabeza se había llevado lo peor. Todas esas cosas malas se acercaban y estaban a punto de ahogarme. No me habían tocado aún, pero lo sabía. La naúsea y el frío de sus respiraciones se notaba a dos palmos de mi piel. No… no podían acabar ahí las cosas, de verdad. Tantos meses de trabajo, tanta suerte ¿para nada?. Estaba todo planeado para la siguiente noche. Yo sería la protagonista, todo estaba previsto como un reloj y… la marabunta oscura se abalanzaba sobre mí, de verdad, tan sólo notaban dentelladas en el aire y mi vida salvarse por los reflejos de la portadora. Hurgué en mi chaqueta, saqué lo primero que tenía, mis dos rotuladores. E intenté, en vano, clavarles la capucha a alguna cosa de esas que me pululaban por ahí. La adrenalina me decía a cada minuto que todo eso no era una locura, por eso la quiero tanto. Me arrastré más allá de un par de coches oxidados y caí. Lo que jamás me había pasado en todas mis aventuras, me pasó ese día. Por eso comienzo mi historia aquí.
Cuando tuve conciencia de mí misma, encharqué mis pulmones con una bocanada de aire caliente. Creí que eso era el infierno con un curioso olor a sandía antes de abrir los ojos. Olor dulzón. Todo borroso. Alguien ahí, no veía la cara, ni la ropa, solo veía su luz. Distorsionado, por mis malditos ojos llorosos y el dolor de acostumbrarme a la claridad. Como detrás de un cristal. La mancha oscura de su cabellera se movía, como en el sueño de siempre. Bailándome. Sabía de sobra quien era, pero ni unas gracias salieron por mi boca. Esa persona sabía de sobra cuán difícil le era agradecer o admitir algo a una pequeña canalla como yo. Y como no quién no quiere la cosa, ahí estaba, en su cama, llena de bendajes y echa un gurruño ensangrentado. Con menos luz que nunca. Volví a cerrar los ojos y creo que tosí un par de veces hasta percatarme de que el chico distante gruñía más que alegrarse de mis movimientos.
Por muy fuerte que seas, un ataque así habría convertido a la víctima en carne de cañón para los juegos de todas las maldades de ahí fuera. Me lo dijo él, cuando me recogió. Sólo me acordaba de eso.
- Será posible… - Su voz rompió contra el silencio enfermizo de la habitación. Parecía que quería que se esa frase se colara por cualquier rendija de mi inconsciente, si es que aún no había despertado. Pero yo lo sentía, esa decepción, por enésima vez consecutiva atentar contra mi muro. Como siempre, yo, oveja negra en la vida de todos, ahí puesta, estorbando a todos. Y él no tuvo su respuesta.
Noto como se mueve a mi alrededor, pero nada más. Esperaba. Y sentía ser la molestia de eso que más quería en el mundo, pero son las consecuencias a pagar cuando quieres salvar tu mundo. O volver a hacerlo. Me dolían las costillas, y tenía las piernas paralizadas. Creía que a duras penas podría moverme. Asique intenté apoyarme en mi espalda y mirar hacia el techo, y pensar todo lo que había hecho. Y dejar de darme cabezazos contra la realidad. Dejar de hacerme la dormida. Y dejar de entreabrir los ojos para verle tan desdibujado. Descansar.
- Araziel, por dios, tus padres han vuelto a preocuparse y… - Me miró, para asegurarse de que tenía los ojos abiertos, pero siguió hablándome como si se dirigiera al vacío. Seguramente como había hecho hasta ahora. Preparándose el discurso ya tan repetido - … qué menos que salir a buscarte.
- Gracias. – Carraspeé.
- Podrías estar muerta.
- Lo sé. Pero los soñadores tienen que arriesgarse. – Intenté estar seria, aunque me dolía todo.
- Tú no eres una soñadora, eres una imprudente.
- …
- Sí, si no llego a estar…
- Ya…
- Es lo de siempre, te escapas, te recogemos, te escapas, te recogemos. Has tenido mucha suerte, Araziel. – Apretaba la mandíbula, parecía que me iba a matar. La rabia inundaba sus ojos. – Nunca hasta ahora te han pillado de verdad.
- Bueno, siempre hay una primera vez y…
- ¡Una primera vez armado, Araziel! ¿¡A qué persona de esta maldita ciudad se le ocurre hurgar durante un mes en la ciudad vieja con sólo dos rotuladores en su bolsillo!? – Se paró. Unos segundos. Que a mí me parecieron una eternidad. – Tú tan pequeña y… y…¡Estás tarada!
- Nah
- ¿Qué? – Me replicó, amenazante.
- Al menos todo está en su sitio ahora.
- ¡No tienes ni idea de nada! ¡Mira a tu tío! – Señaló una foto de mi tío Daniel, su mejor amigo, creció con él. A la vuelta del trabajo fue asaltado por tantos, tantos seres sin espíritu que ni su luz pudo hacer nada. Ni sus manos. Ni sus armas. Y en esa foto salía tan guapo como siempre, no como seguramente estuviese en ese momento. – La he tenido todo el rato aquí, a ver si con tu suerte y las ganas que tenía de vivir, te lograba salvar, y… - Se le encharcaron los ojos. – Aquí estás, dándome el segundo susto más grande de mi vida.
- Tú eres el tío más raro de mi vida y no te digo nada.
Se hizo el silencio.
- ¿Qué hacías? – Ahora era todo pena.
- ¿Dónde…?
- ¿Dónde va a ser? ¡Ahí fuera! ¡Saliendo cada noche! ¡Nos tienes locos! – Me gritó, menos que antes, pero me gritó por igual. Y me dolían los ojos de verle moverse tan rápido.
- Bueno, año nuevo vida nueva. – Sonreí. – Estaba haciéndote el regalo más bonito del mundo y…
- Araziel sabes que …
- Ya. – Sabía que él no sentía lo mismo que yo. Que tenía su vida, pero eso no era excusa para robarme las ilusiones más niñas. Vaya.
- Además, estás majareta. No podría con tus sustos. Eres encantadora, y te odio por eso. – Odio los rechazos cuando estoy ensangrentada.
- ¿Y mis rotuladores? – Cambio de planes. Odiaba el mundo así de extraño. Toda esa situación extraña. Si algo tenía claro en esta vida. Esque no quería dejar de pintar. Porque hasta las cosas oscuras, cuando se pintan de color, parecen mejores. Parecen otra cosa. Era mi mejor arma.
- Sigues en tus trece, esque no vas a cambiar nunca.
- Y mis rotuladores. – Insistí, porque los quería, y por cambiar de tema. No quería tocarle el corazón ya más de lo que lo estaba haciendo.
- Los tiré. – Supe que estaban en su papelera.
- Dámelos.
- Joder…
- ¡Son fosforescentes! Recogen la luz de todas las personas. De todo. ¡Y brillan para siempre! – ‘Como una niña’ pensé.
Y se echó las manos a la cara de la impotencia. De las ganas de odiarme aunque no pudiera. Seguro que se callaba todas las maldiciones que existían en el mundo, por no dar más tensión a la cosa. Se tiró varios minutos sentando a los pies de mi cama, sin saber qué hacer. Me callé, como cuando todo me va realmente mal. Como reprochara algo más, me iba a tirar por la ventana. Para que acabaran conmigo. Se levantó, sin decir ni mu, andó hasta el fondo de su habitación, se agachó y la cama me impedía ver qué hacía, pero suponía que buscaba en su papelera los rotuladores que la rebelde le pidió. Así era, acerté. Y se acercó y me los dejó cerca de la cara. Me miró a los ojos, le aguanté la mirada y se sentó a mi lado. No me moví, tan encojida como al despertar.
- ¿Ahora como le digo a la señora Supertramp que estás aquí, a vísperas del año nuevo, tan destrozada como nunca?
- Y tan destrozada como siempre. – Intenté ser sútil, por cuarta vez le pedía perdón en mi mente. Pero no me quedaba más que aparentar ser dura en esos momentos. – Seguro que se lo esperan.
- No me vale. – Suspiró. Tan bajito que parecía que me iba a responder algo romántico y dramático a la vez. - Estoy harto. Cansado, de decirte siempre lo de siempre.
- ¿Vísperas de año nuevo? – No quería escuchar lo mierda que soy para el mundo. Asique evite el tema, y esperé orientarme un poco para el gran golpe.
- Sí – Si las miradas matasen, ahora mismo no estaría sobreviviendo de esa manera. La peor de ellas me había abofeteado la cara. – Más te vale recuperarte pronto. Espero que empieces a brillar ya, y que te vayas a celebrarlo lo antes posible con tus padres. Que te siguen esperando. Maldita sea. – Giraba la cabeza, ni me miraba a la cara. Y maldecía, aunque en la ciudad de Paradox estuviese prohibido. Jack estaba cabreado de verdad.
- Lo celebraré con toda la ciudad.
- Estás loca.
- ¿Cuánto falta para que sea un mundo nuevo?
- ¿Para qué?
- Para que sea Año Nuevo. – Tosí.
- Un par de días.
- Al menos me queda esta noche para descansar. – Tenía solo una noche. Para darle su regalo y mi regalo.
- A ver si es verdad que duras aquí una noche. – Me asombraba cuánto me quería. Es ironía. Pero bueno, me consolé pensando que iba con la intención de que me pusiera mejor lo antes posible. Eché un vistazo al par de rotuladores que descansaban sobre el edredón, aún con restos de sangre que no sabía muy bien si era mía o no. Pero intactos. Menos mal.
- Jack… ¿Vendrás conmigo? – De nuevo mi tono más aniñado y lastimero se apoderó de mi garganta. A veces tenía efecto.
- ¿A dónde?
- Acompañarme. – Paré. A ver si colaba. – A mi casa, cuando me despierte.
- Qué menos. Brillarás tan poco que serás presa fácil como te vuelvan a pillar, aunque no llames la atención. …Enana. – Y me miró mal de nuevo. – ¡No es por que quiera!
- Así te doy mi regalo, también. – Le sonreí. Sabía que en el fondo me tenía un cariño sobrenatural, y lo utilicé. Volví a sonreír. Y volví a sonreír.
Y otra vez. Pero él no hizo nada. No tuve respuesta. Sé que le regalara lo que sea que le regalara, le dolería, por los sustos que le he hecho pasar. Pero no se daba cuenta de que no era nada material. Que le iba a regalar un mundo nuevo. Todito para él. Me callé, porque sé que le dolía cada palabra que salía de mi boca. Es lo que pasa cuando estás muy harto de alguien, muy harto de problemas, y hasta la mollera del egoísmo de gente como yo. Mitad sagrados, mitad monstruos, que apenas pueden brillar por sí mismos.
Jack se estiró un poco, y apagó de un toque la lámparita que se anclaba en la pared sobre el cabecero de la cama. Me encantaba su brillo tan lácteo, cristalino, como si estuviese hecho de agua. Estiré la mano para tocarle el brazo, que se apoyaba en la cama aún algo tenso, y lo recorrí con mi dedo índice, casi tan oscuro como el resto del habitáculo. La luminiscencia cambiaba cuanto más o menos apretaba, a él parecía hacerle gracia que fuese tan boba. O que él fuese tan hipnótico.
- Voy a por agua para los dos. Duerme, anda. – Parecía más tranquilo, más que tranquilo… resignado. Me puso la mano en la frente unos segundos y marchó.
Quedaban un par de luces anaranjadas algo lejanas, ahí dónde había abierto la puerta. Los objetos entonces chorreaban lava intocable en la oscuridad de la habitación. Llamaradas suaves. Relajantes.
Tarde. Oí unos murmullos. Me levanté de golpe, sudando, para mi asombro no me dolía nada ya, un alivio. Pero seguía siendo de noche. Había dormido demasiado, seguro. Me levanté con esa sensación agobiante de hacer algo, urgente, y de haberte pasado tres pueblos la hora. Respiré un poco hondo, para no dejarme llevar por los nervios. Y… y ví que Jack no estaba ahí.
- ¡Jack! ¡Malvado! – Grité, aún envuelta en las vendas que se me salían por todas partes. Como una niña aclama a su papá si le pilla dejando su cama por la noche. Cuando se siente desamparada si no se duerme antes, con miedo de que el coco venga y la devore por todos lados. Los murmullos cesaron.
- ¡Qué! – Se oía desde el fondo, con unos pasos que se acercaban. Crujía la madera, y la llamarada caliente y tranquila de la luz de la puerta quedó eclipsada por la de Jack. Que asomaba. - ¿Estás bien? – En su tono de voz parecía que había olvidado todo. Y yo que se la iba a liar de nuevo.
- Sí, pero…
- Has descansado como una marmota, señorita. – Me dijo desde la puerta, cortándome. Aunque me contestó a lo que iba a decir. – Has dormido demasiado. Hoy deberías ir a celebrar la fiesta con tu familia.
- Mierda.
- Les acabo de llamar para comentarles como iba la cosa. Dije que bien y parece ir bien. Asique prepárate ya. – Era una orden. – Tienes la ropa encima de la silla. Asique ya sabes.
- Vaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaale. – Alarqué la respuesta como si eso me diera tiempo para pensar en cómo mostrarle su regalo. Cómo escaparme de ahí. Como llevarle a dónde quería llevarle. No debería haber dormido tanto. Tampoco debería haberme metido en ese tinglado.
Cerró la puerta. Y ahora sí que no veía ni una mosca, mi piel lechosa cada vez era más oscura. Y tuve que palpar sobre mi cabeza para encontrar el interruptor de la dichosa lamparilla. Cuando dí con él, la habitación pareció menos amenazante, encontré la ropa y la forma más sencilla de quitarme los millones de vueltas de venda que tenía sobre el pecho, las costillas y un brazo. Horriblemente colocadas, desorientadas como yo, por el manco de Jack. Mientras me ponía los pantalones, pensaba cómo actuar nada más salir de la puerta, no me importaba qué cara ponerle a mi familia, o al pueblo en las fiestas. Solo recapacitaba que, al fin y al cabo, el ataque de esos seres no ha venido tan mal. Porque me han metido de lleno en la casa de quién quería. Me ha ahorrado la vergüenza, contactar con él, pasar una noche en su casa y hacerme todo más sencillo. Aunque casi me cueste la vida.
La camiseta era nueva, de el señor. Básicamente porque la mía debería de estar perdida de sangre, pero nunca me lo dijo. Me puse mi chaqueta de color verde chillón y morado, con los codos rasgados. Por no decir todo rasgado. Oía ya la voz de Jack reclamándome con pesar fuera de la habitación. Qué poco cuidado. Algo que no se me debía olvidar, el pasaporte al nuevo mundo. Mis dos rotuladores. Los metí en el bolsillo derecho de la chaqueta, dónde debería estar toda arma de cualquier ciudadano de Paradox. Me lo enseñaban en la escuela.
Antes de apagar la luz y volverme una ciega con poca autoestima, Jack abrió la puerta y la claridad volvió a entrar. La salida a todo lo malo. La salida de la habitación duró menos de dos segundos, pero mi cabeza fantaseó en hacerlo una eternidad, una metáfora del cambio de etapa. Donde al final, solo estaba él.
- Vamos, chiquilla. Y ten más cuidado aunque vayas conmigo.
- Vaaaaaaaaaaaaaaaaaaale. – Dije con retintín chinchón.
Y ese retintín lo aproveché para adelantarme a él en el pasillo, mientras cerraba en su habitación. Aprovecharía eso para salir de allí pitando, y volver a sumergirme en las sombras. Pero esta vez para siempre. Con un poco de suerte…
- Comparándote con ayer, ahora estás de puta madre. – Intentó hacerse el majo, o algo así. Aludió a mi estado, y mi facilidad de ponerme en pié entonces. – ¡Lo que hay que aguantar!
- Ains… - Suspiré por el pasillo.
- ¿Ves? ¡Con lo mona que eres cuando eres buena y no vas a mancharte las manos a la ciudad vieja! – Dijo cerrando la puerta de la entrada, a la vez colocándose la bufanda que llevaba tan caída del cuello.
- Sabes que es para dártelo todo después.
- Yo sólo quiero que te cuides, de verdad. – ‘Venga, Araziel, hazlo, aún está agarrado al pomo y la llave, hazlo ya, o será difícil de adelantar en una carrera cómo esa’ Era lo único que pasaba por mi mente en décimas de segundo. Porque al segundo siguiente ya estaba corriendo.
Sé que le dolía de nuevo, y que estaba harto de mí. Pero tenía que correr. No veía ningun bicho de los malos en toda esa explanada de la ciudad nueva. Y tenía que dirigirme a la pradera más alta que lindaba con toda la ciudad vieja. Parecía ser seguro sacar al menos doscientos metros de ventaja, y que él me siguiera tan rápido, tan rápido, que cuando mirara hacia atrás pareciera una estrella fugaz. Un lucero precioso, que me perseguía, sí, pero precioso aún. Jack tardó en reaccionar, paralizado por la escapada que le había hecho, le costó seguir detrás mía.
- ¡Venga, gallina! ¿Quieres un rotu para ahuyentarlos?.
Gritaba, picándole, mirando hacia atrás, como si hiciese bromas sobre el encontronazo anterior que tanto le dolía. Sé que le escocía mucho más lo que estaba haciendo, pero era la única manera de ponerle el mundo a sus pies.
- Joder, Araziel, otra vez no… - Escuchaba detrás mía, cada vez más lejano.
Detrás mía corría el hombre que más quería en el mundo. Y eso me ponía el doble de nerviosa que corrieran detrás mía una veintena de seres asquerosos que se peleaban entre ellos por mi poca felicidad. Porque perderle a él era peor que perder la noción de mí misma.
Seguí enterrando las zapatillas en la calzada lisa peatonal que ascendía a las afueras de la ciudad, dejandole a él atrás, y a toda la ciudad que en esa noche, lucían mejor que nunca. Pero pronto iban a lucir mejor.
Más de dos zancadas por segundo, o eso creo, o el tiempo pasaba muy rápido, o muy lento. No sabía. Sé que solo me agarraba los dos rotuladores con fuerza, hasta que en su plástico me sudaban las manos, y me palpitaba el dedo pulgar.
- ¡Y tus padres qué! ¡Araziel! – Jadeaba, ahí atrás, no me hacía una idea de por dónde iba o iba a aparecer. - ¡No puedes hacer esto!
‘Sí que puedo cambiar tu mundo.’ Pensé. Y eso me dio más fuerzas para desprenderme de todos esos sitios de luz sin color. Todo estaba silencioso. Y yo cada vez más arriba. Las piernas se movían automáticamente, marchacándose un ritmo sin música, aunque pareciera mentira. Después de unos minutos corriendo sin oír nada, ya no pisé calzada, sino gravilla. Y la cosa seguro que empeoraría, me acercaba a la ciudad antigua. Sabía que Jack seguía a mi espalda, porque veía su claridad proyectando mi sombra delante, como una persecución agónica entre el depredador y la presa. Y no se daba cuenta de que era al revés, y eso me hacía mucha gracia.
‘Al fin’ me dije para mí misma cuando ví la barandilla deseada. Anclada en la cima de un montón de chatarra oxidada, barriles sucios, escombros de antiguas casas, retales estropeados y unos cuantos vehículos sin ruedas. Un lugar perfecto, sin duda, para empezar a crear. Quedaban unos cuantos metros cuando oigo unos jadeos cerca de mí, igual que la otra vez, pero más humanos. Faltaban los cuchicheos y la velocidad de su lenguaje. Algo me golpeó el tobillo derecho, justo cuando fui a apoyarlo para pegar la siguiente zancada. Y me arrastré tres metros por delante después de ese tropezón. La sombra de mi cuerpo era más intensa. Y la luz ya no me dejaba ver ni las estrellas, ni la cima, ni nada de nada.
- Eres gilipollas. – Dijo Mr. Jack. Y me cogió del tobillo jodido, masajeándolo y a la vez tirando de él para que poco a poco, me incorporara y me devolviera a mi sitio.
- Mierda.
- Ni mierda ni nada, joder. Ahora mismo vienes conmigo.
- Déjame darte mi regalo, por favor, por favor. – Sacudí su mano de mi pierna, le supliqué, agachándome, mientras él avanzaba hacia la ciudad. Dejándose caer entre la tierra. Sin darse la vuelta.
Jack no dijo nada, absolutamente nada, seguro que omitió mandarme a la mierda. Y perdió lo último que se pierde sobre las personas, que es la esperanza.
Dudé. Y luego no. Seguí adelante. Apenas podía ver o iluminar la barandilla dónde debería sentarme para hacerlo. Intenté subir entre toda esa chatarra a ciegas, esperando estar arriba y llamarle con todas mis fuerzas. Empecé a escalar, memoria visual retentiva, lo llaman. Y me rajé la mano. Las cosas no es que fuesen la mar de bonitas en todo ese cúmulo de basura que es la cima de la ciudad de las cielos, más bien peligrabas si no te andabas con cuidado por mucho sin-espíritu que hubiese ahí fuera. Las cosas no eran perfectas, la chatarra podría rajarte la pierna en cualquier momento, o un escombro hacerte tropezar y dejarte en banquete para los que quieren algo de luz.
Me chupé la mano, apenas me lamenté, y miré a Jack, tan a lo lejos. Sentado. No había avanzado más. Estaba ahí solo, esperando a que bajase con él o algo, sin girarse ni un poquitín. Podía ver detalladamente como una colmena de velos oscuros levitaban a su alrededor, poco a poco, acechando a menos de dos metros suyos. Y la seguridad de el chaval ni él, se inmutaban. Sentí asco al ver que esos fantasmas extraños casi me absorvían la vida hace unas horas. El rey seguía sentado, y la servidora se estiraba para alcanzar la maldita barandilla. Cuando la pillé, con algo de impulso me puse sobre ella. Me coloqué, para no caerme, y coger todo el aire del mundo, simular un megáfono con mis manos y gritar
- ¡Jack! ¡Jack! ¡Ven! ¡Aquí está! – Bajé las manos, me agarré a la barandilla y balanceé los pies.
Le miré un momento hasta ver que se levantaba, o que al menos, esa luz tan lejana se movía, y lo estaba haciendo hacia mí. No me contestó. Asique, asegurándome, miré al cielo y sonreí. Era mi noche de suerte, y además, ahí arriba, dónde todo era tan oscuro y asqueroso, se veían millones de estrellas preciosas.
Jack se acercaba más. Y en un santiamén había escalado el vertedero ese, y se había colocado a mi lado.
- Menudos sustos me das, canija. – Se hizo el silencio.
- Ya, pero ¿no te gusta?
- ¿Ver toda la ciudad así de lejos y estar corriendo un riesgo que ni te imaginas?
- No, las estrellas.
- …
Y se quedó un rato embobado, mirándolas, aunque con su luz yo no podía verlas todas. Sabía que pocas veces había vivido aquello, y aproveché para sacar los rotuladores y ponerlos a su lado.
- ¿Qué haces? – Me preguntó sin despegar la cara embobada de la bóveda celeste.
- Morirme de vergüenza. – Eludí el movimiento de los rotuladores.
- ¿Eh?
- Sí, que me muero de vergüenza. – Y me miró. – Recluta entre todo ésto. Tanta lucha innecesaria. Compartiendo el nuevo día contigo.
- ¡Te estás poniendo roja como si me pidieras matrimonio! – Me cortó. Y se reía.
- Casi lo estoy haciendo. – Me reí.- Creo que es hora de contarte cuál es tu regalo, el porqué de las escapadas a este maldito sitio. – Sonreí, tímidamente, abriéndome.
- …
Su expresión extraña, como si no esperara eso o no quisiera saberlo, me dio pié a quitarle la capucha al rotulador adecuado. El que no tenía la palabra ‘Boom’ mal escrita en su cuerpo. Y empecé a forcejear encima de la barandilla con Jack, entre carcajadas mías primero, después conjuntas. Para pintarle la cara.
- ¡Tarada! ¡Pero qué haces! – Decía casi llorando de la risa. De las cosquillas que le hacía ahí para que me soltara la mano que pretendía pintarle.
- ¡Dejame pintarte los labios como una chiquilla!
- ¿¡Estás tonta o qué?!
- ¡Venga! ¡Que forma parte de tu regalo!
Paró, puso la resistencia justa. Y se dejó. En vez de los labios le pinté una sonrisa enorme en la cara. Que no se veía. Pero bueno. El color fosforescente en la luz es una tontería.
- Mierda, no se vé nada de nada.
- Mejor – Me dijo riéndose, como saliéndose con la suya. – Pequeña majara.
- Cada noche robaba gasolina de cada depósito abandonado de la antigua ciudad.
- … - No se lo esperaba, y todo frenó en seco.- ¿Para qué?
- Para tu regalo.
- ¿Fuegos artificiales? –Se ponía excusas a sí mismo.
- No seas mongol. ¡Es para dinamitar el mundo! – Le abracé, para no caerme, con un rotulador en cada mano que más que empachados estarían de su luz. Los cuchicheos y murmullos de los seres más penosos del planeta estaban alrededor mía. Los notaba, hacía frío. Pero yo abrazaba al lucero más increíble kilómetros a la redonda.
- ¡Venga! – y soltó una carcajada que hizo eco. Aunque fuese un espacio abierto.
- ¿No fuiste tú quién me pillastes en fisgoneando en la casa de los Gallows? – Sonreí.
- Sí, y te llevaste una bronca enorme por ello. ¡Maldita seas! ¡Siempre te metes dónde no te llaman! ¡Encima sabes que han tenido últimamente unos robos como la copa de un pino! – Gritaste al frente, sin ver a nadie, más que la ciudad nueva luminiscente en todo ese abismo. Como si se tratara de un organismo abisal que creciera por su propio pie, a pequeños pasos, desde el suelo.
Yo te miraba apoyando mi mejilla en tu pecho. Sonriendo por lo inocente que eras, aunque no lo parecieras, ahí dentro. Justo dónde tenía puesta mi oreja. Te callaste, reíste un poco por toda esa locura, y me viste sonreír.
- ¿Qué? – Preguntaste.
- No se me había perdido ninguna pelota en el desván de los Gallows, Jack. – Le sonreí con los ojos.
- ¿Cómo? – Pregunta de desorientado.
- Todos estos meses he estado acumulando bolsas y bolsas de gasolina en todos los rincones de la ciudad.
- …
- Y uno de ellos, es el desván de todas las casas. – Silencio.- Sí, hasta en la mía hay.
Ahora Jack miraba la ciudad, más atónito que nunca. Como si fuese a verla por última vez y quisiera grabársela en su mente para siempre.
- ¿Y… ahora qué? – Dijo mirando la ciudad. Pronunciando cada palabra una hora eterna, tranquilo pero sin estarlo.
- Simplemente sé feliz y yo haré el resto. – Seguía sonriendo, porque me había salido con la mía.
- ¿Qué harás? – Dijo igual de pausado.
- Pintar.
- ¿Cómo que pintar?
- Cuando todo se apague, puedo pintar con rotuladores fosforescentes hasta corazones en la mierda de esta ciudad. Todo habrá desaparecido, todo habrá oscurecido. ¡Las estrellas se verán mejor! ¡Y solo se verá lo que yo quiera dibujar!
- …
- Nada tendrá luz. Todo estará sepultado. Todo estará igual. Y tan sólo hay que volverlo a crear, y volvérnoslo a creer. – Jack quiso decir algo, medio trabado, pero le tapé la boce en el momento justo. Interrumpiendo. - ¿Quieres pintar conmigo tu nuevo mundo?
Jack no dejaba de mirar la ciudad como si fuese a dejar todo. Sin percatarse de que era ‘todo’ lo que le esperaba por delante. Le agarré de la mano, que la tenía fría como el hielo a pesar de brillar como el agua, como siempre. Le acerqué el otro rotulador, y le dije que lo abriese si quería descubrir algo mejor.
- Eres la chica más rara de toda mi vida. – Me dijo, sin mirarme, atónito. Acercándose a abrir el rotulador que tenía en la mano.
Lo destapó. Me encantó que el mecanismo de detonación y el pasaporte al nuevo mundo estuviese en sus manos. Y fuese él quién lo eligiera. La casa en la que me había curado las magulladuras de autoestima fue la primera en volar por los aires. Y las fuentes de las pequeñas plazas que presidían el centro, escupían gasolina en vez de agua. Las llamaradas saltaban como delfines en auge. El agua era lava, la luz anaranjada anunciaba libertad. Le cojí de la mano mientras mi casa y mi familia se detonaban en directa, y detrás de ellos, como una traca, el resto de vecindarios se hacía añicos. El fuego ahogó la ciudad nueva como un tsunami, cobrándose la mayoría de víctimas posibles. La luz de la última llamarada, del árbol creciente hacia el cielo alimentó para siempre a aquellos que la necesitaban. Entre ellos mi tío. A todos los alimentó de cenizas.
Estrictamente calculado para que ahí, en lo alto, fuese una vista preciosa. Cuando la burbuja de fuego descendió al centro del Apocalipsis, apreté su mano contra la mía. Le miré la cara. Tan asombrado como nunca, tan destrozado como nunca a la vez. La luz naranja le cegó su propia vertiente de la misma, y por primera vez el reflejo de las lenguas brillantes se pudieron ver en sus ojos. Dilatados. Fijos. Con la boca semiabierta durante unos minutos que parecieron ser horas.
- Supongo que hay que morir para volver a nacer.
- Te quiero. – Le besé. - ¿Ahora te lo crees? – y por primera vez tembló el corazón de mi cabeza. I couldn’t take my eyes of you.
No dijo nada. Tampoco lo quería. Miramos juntos el destrozo humano que habíamos hecho. Abrazados y helados, entre toda esa chatarra. Ese óxido y esa barrera inquebrantable de mierda, que era lo que éramos. Por un momento pensé todo lo que había hecho. Por un momento creo que él también lo hizo. Porque ambos estallamos en carcajadas al mismo tiempo. Desquiciados. Y ahí estábamos, reclutas en todo eso. Ahí estábamos, con el sentido del humor más increíble que al parecer había parido la tierra.
… Cuando todo se apagó, solo quedaba su sonrisa. Que brillaba fosforescente. Con un tono verde chillón como era el de mi chaqueta. Que seguía riéndose maniácamente. Parecía flotar entre toda la oscuridad ahora. Y era lo único que quería ver. Lo único, en el mundo. Aguanté abrazada, hasta que paró de reír. Callada, mirona, temblorosa de emoción. Bailarina. Perdida. Alegre. Con mi rotulador te dibujé en el brazo, y un ‘Hey!’ asomaba poco a poco, recreándose, sobre tu piel, tan luminoso como eras tú. Enseñándote que toda luz puede volver a nacer ¡Y de nuestras manos ahora!. Me buscaste la cara palpando, me acariciaste la mejilla.
- Fin. – Sonreí para nada.
- ¿Habrá continuación? – Me dijiste preocupado. Y me hipnotizaste con cada movimiento de tus labios brillantes.
- Eso ya solo depende de si quieres dibujar conmigo o no.
- ¿Me dejas estar a tu lado?
- Ahora mismo eres el único que lo está.
Dedicado a Jack.
Dedicado a Jack.
sábado, 27 de noviembre de 2010
Ángel caído.
Tengo la ropa interior por bandera, y las ganas al viento. Las manos con ansia de enredarse en cualquier largo pelo. Tengo alas, aunque no las use. El infierno es el lugar perfecto para no querer volver ahí arriba. Aquí hay demasiados bares dónde echarle polvos a todas las hadas del mundo. Que me laman mucho más que las heridas aquellas que dicen que existe Nunca Jamás.
Soy ese ente que cree que su sangre se bebe en el santo grial, y bajo su mando hay cuatro jinetes dispuestos a acabar con todo. Aquel al que le alumbra un candelabro de siete brazos y que cubre de manchas su cuerpo.
No siento, ni padezco, y vendo cualquier emoción por plata barata. Soy la bestia, la coraza y las cenizas de un querubín. La mano izquierda y el caos. La oveja negra que absorbe los mares. Quien te tienta toda la vida más 40 días. Soy quien declara batallas al tiempo para poder ser más.
Soy la víctima de la vida en una lucha a muerte. Ahora soy más de 23 heridas mortales. Soy cadáver entonces, soy mierda y manjar. Soy quien ha caido, y aún porta la luz en su nombre para levantarse. Soy quien desobedece por desencanto. Soy coraje. Soy individuo. Soy mi Dios.
viernes, 26 de noviembre de 2010
Bloodseeker.
El asesinato perfecto es el que te satisface, aunque lo pongas todo perdido.
Siempre me dicen que soy una guarra y una desordenada con respecto a las habitaciones, pero jamás había manchado tanto hasta ese día. La habitación vacía y sin muebles hacía eco a cada latido, parecía encharcada de aquel líquido negruzco, hasta las cortinas chorreaban un color rojo y pardo, como si se acabaran de aclarar en las aguas de la plaga de Egipto. Y ahí estaba, el personaje principal de esa macabra función, la puta que me hacía llorar con su éxito, tirada en el suelo, inmóvil. El instrumento protagonista, afilado como las garras de un felino, aún musitaba ánimos desde mi mano derecha, y yo, con los pies enterrados bajo el cuerpo boca abajo, observaba con sorpresa mi gran obra maestra. Es así, la sangre se derramaba pasionalmente, autobombeándose, muerta, en el suelo blanco. Las huellas agónicas arrastradas en las paredes enyesadas eran la guinda de MI pastel.
Si algo me gusta hasta la saciedad, son los planes a largo plazo, porque son efectivos. Profesionales. El pelo de la muchacha era áspero, mojado, lo acaricié agachándome con mi mano izquierda, lentamente, incluso dejando un rastro de aire lascivo. Delicioso, los dedos se entrelazaban en su nuca en carne viva, ahí pegué el tirón de justicia. Ahora, la mitad del cuerpo levitaba a la altura de mis muslos, como los hilos de un títere colgaba su cabeza de mis manos descabelladas.
Y empecé a cortar.
Ahí donde se une la vida con la carne.
En su mismísimo cuello.
A tirones, la gravedad hacía presencia, el cuerpo pesado se separaba unos centímetros del cráneo a cada corte. La sangre del cuerpo aún caliente recorría mis piernas a borbotones, en grandes ríos que desprendían su olor metálico característico, a veces dulzón. Muy dulzón. De hecho, me hubiera gustado haberlo bebido a litros, alomejor me llegaba a tragar hasta su alma. El último golpe contra el suelo, un cuerpo muerto y un trofeo en mis manos fué lo que quedó y lo que buscaba. Por un momento deliré, ví como aquella cabeza abría los ojos y sonreía, como siempre, después de putearme la vida, pero ésta vez era distinto porque estaba ella en mis manos, y no al revés.
Y una profunda satisfacción me empapó hasta las entrañas, con flujo vaginal, con elixir de vida, con sangre. Como si me hubiera caído la mejor y más melancólica tromba de agua en otoño. Me empapaba el lugar izquierdo de la mano de Dios.
Hay heridas que solo se curan con raticida.
Siempre me dicen que soy una guarra y una desordenada con respecto a las habitaciones, pero jamás había manchado tanto hasta ese día. La habitación vacía y sin muebles hacía eco a cada latido, parecía encharcada de aquel líquido negruzco, hasta las cortinas chorreaban un color rojo y pardo, como si se acabaran de aclarar en las aguas de la plaga de Egipto. Y ahí estaba, el personaje principal de esa macabra función, la puta que me hacía llorar con su éxito, tirada en el suelo, inmóvil. El instrumento protagonista, afilado como las garras de un felino, aún musitaba ánimos desde mi mano derecha, y yo, con los pies enterrados bajo el cuerpo boca abajo, observaba con sorpresa mi gran obra maestra. Es así, la sangre se derramaba pasionalmente, autobombeándose, muerta, en el suelo blanco. Las huellas agónicas arrastradas en las paredes enyesadas eran la guinda de MI pastel.
Si algo me gusta hasta la saciedad, son los planes a largo plazo, porque son efectivos. Profesionales. El pelo de la muchacha era áspero, mojado, lo acaricié agachándome con mi mano izquierda, lentamente, incluso dejando un rastro de aire lascivo. Delicioso, los dedos se entrelazaban en su nuca en carne viva, ahí pegué el tirón de justicia. Ahora, la mitad del cuerpo levitaba a la altura de mis muslos, como los hilos de un títere colgaba su cabeza de mis manos descabelladas.
Y empecé a cortar.
Ahí donde se une la vida con la carne.
En su mismísimo cuello.
A tirones, la gravedad hacía presencia, el cuerpo pesado se separaba unos centímetros del cráneo a cada corte. La sangre del cuerpo aún caliente recorría mis piernas a borbotones, en grandes ríos que desprendían su olor metálico característico, a veces dulzón. Muy dulzón. De hecho, me hubiera gustado haberlo bebido a litros, alomejor me llegaba a tragar hasta su alma. El último golpe contra el suelo, un cuerpo muerto y un trofeo en mis manos fué lo que quedó y lo que buscaba. Por un momento deliré, ví como aquella cabeza abría los ojos y sonreía, como siempre, después de putearme la vida, pero ésta vez era distinto porque estaba ella en mis manos, y no al revés.
Y una profunda satisfacción me empapó hasta las entrañas, con flujo vaginal, con elixir de vida, con sangre. Como si me hubiera caído la mejor y más melancólica tromba de agua en otoño. Me empapaba el lugar izquierdo de la mano de Dios.
Hay heridas que solo se curan con raticida.
miércoles, 6 de octubre de 2010
Sandra
Sandra. 34 años. Sin hijos. Bonitas piernas, bonitos ojos y bonitas tetas. ‘ Dejadla, no tiene la cabeza en este mundo’ era toda la desripción que me dedicaba mi familia. Ni llamadas, ni cariño, ni ostias. Consagrada al alcohol y a los vicios, a las noches de bares y los pintalabios rojos, aunque no me gustaran. Pensaba demasiado en la muerte, asique poco en la vida. Y con un curro de cajera. Tenía que aguantar a la cuarentona de turno, al niño inaguantable y alguna que otra mierda con los códigos de barras, pero la paga mínima por lo menos me daba para matener el maldito piso alquilado. Un piso desordenado y asqueroso, pequeño cuchitril donde se podía apreciar la mucha atención que prestaba a las cosas como a los hombres. Siempre lo ví como una ratonera con el espacio justo para follar. Y el espacio justo para dar cobijo a una mujer que hacía como que se comía el mundo cada noche, aunque luego ese mundo se redujera a una polla.
Me acuerdo perfectamente de ese día, me arreglé como siempre para salir a la caza, aunque fuese a la caja. Labios rojos, vestido negro y ceñido, tacones altos y unas ojeras considerables. Me daban la paga del mes, asique eso se resumía en una nohe de vicio, nada diferenete a las demás aunque me arreglé algo. Aguanté poco a cada imbécil, y fumé mucho aunque estuviese prohibido. No estaba de humor, y menos me apetecía arreglar temas relacionados con botes de ketchup. Asique la mejor respuesta era echar el humo en la cara. Callarme unos cuantos ‘que te den por culo’ y una mirada de asco. Sé de sobra que tenía un aspecto de drogadicta o eso pensaban las familias que pasaban, que en cualquier momento me abalanzaría enloquecida con una navaja sobre su hijo pequeño. Asique lo mejor que podían hacer era pasar del tema. Así me dejaban tranquila, se olvidaban del ketchup y yo me seguía centrando en las horas. Que pasaban lentas, joder. Fue un día terriblemente lento, más incluso que los demás. Llegué a contar el tiempo en caladas hasta que cerró el mercado.Hasta que recibí la ultima paga, y un despido. Normal, pensé. Y me dio igual, porque me esperaba el whisky.
Me arrastré hacia el bar por dentro, por fuera, me comía el mundo, como dije. Sola y directa a la barra, pedí mi vaso de siempre con mucho hielo. Eché un vistazo al local oscuro, maloliente y con una música estridente que jamás necesité, cada hombre era una polla, y cada polla un polvo seguro. Polvo seguro no quería decir que fuese bueno, así que esa noche todo se me volvió incómodo e incontrolable. Me convencía de beber para controlarlo. Yo quería un buen polvo, joder. Asi que seguí pidiendo copas, intentando controlar la situación, intentando caer redonda y que algún gilipollas me estallara la cabeza con una botella, por puta.
- Ésta es tu segunda casa, Sandra. – Dijo él entre risas. Evidentemente aludía a mis ganas de evadirme siempre de todo. Al bar.
Vino como siempre, por la espalda aunque yo nunca me girara. Carlos era un tío elegante y cuidadoso, siempre. Sabía de sobra que había venido de traje y corbata, aunque no me diera la vueta. Todo lo contrario que yo, y aún así le tenía prendado. A pesar de habérmelo follado demasiadas veces en mi mierda de piso y de haberle dado muchas más con la puerta en las narices, él insistía. ¿Cómo a alguien como él podía enamorarse de una guarra como yo? De todas maneras, yo ya tenía bastante con mi vida. No quería destrozar la suya.
- Dame un piti, anda. – Y le tendí la mano.
- Tú siempre tan amable, mujer. – Y me lo dió. Siempre caía el imbécil.
- No estoy de humor.
- Nunca lo estás.
- Hoy podría. A pesar del despido.
- Joder… ¿Otro trabajo perdido, Sandra? – Se preocupaba, aunque no tenía porqué. Yo me encendí el cigarro y seguí.
- Acaba de aparecer a mis espaldas un buen polvo seguro. – Eludí la pregunta, chorradas. Así que seguí con mi tema.
Dí otro trago, dí otra calada y Carlos se puso a mi lado. Apoyado en la barra y sin seguir la conversación. El tío follaba bien, todo hay que decirlo, y era una buena noticia que me hubiera encontrado en ese lugar apestoso, dónde no quería arriesgarme a acoger entre mis piernas a un maldito principiante.
Al final le eché una ojeada, y efectivamente, iba con su traje y corbata. Llamó al camarero y éste sirvió dos copas. Cojonudo, al final me iba a salir la borrachera gratis.
- Bueno, dime ¿Qué ha pasado?
- Problemas con el ketchoop. – y le eché el humo en la cara. A lo mejor funcionaba y se callaba. Siempre hablaba demasiado.
- Problemas contigo, para variar. – ‘Enhorabuena Carlitos, has dado en el clavo.’ Pensé. Y después pensé que eso de echar el humo en la cara no era efectivo en un bar lleno de él.
Él hablaba mucho, y yo solo quería follar. Aunque el quisiera más, aunque le hiciera daño. Ahora fui yo quien no quería seguir laconversación, como dije antes, ya tengo bastante yo sola con mis quebaderos de cabeza. En un santiamén me bebí la invitación y tiré la colilla dentro. Recogí mis cosas y salí fuera. Sabía que Carlos iba a venir detrás. Éste animal de compañía se tropezaba más de dos veces con la misma piedra.
Me acuerdo perfectamente de ese día, me arreglé como siempre para salir a la caza, aunque fuese a la caja. Labios rojos, vestido negro y ceñido, tacones altos y unas ojeras considerables. Me daban la paga del mes, asique eso se resumía en una nohe de vicio, nada diferenete a las demás aunque me arreglé algo. Aguanté poco a cada imbécil, y fumé mucho aunque estuviese prohibido. No estaba de humor, y menos me apetecía arreglar temas relacionados con botes de ketchup. Asique la mejor respuesta era echar el humo en la cara. Callarme unos cuantos ‘que te den por culo’ y una mirada de asco. Sé de sobra que tenía un aspecto de drogadicta o eso pensaban las familias que pasaban, que en cualquier momento me abalanzaría enloquecida con una navaja sobre su hijo pequeño. Asique lo mejor que podían hacer era pasar del tema. Así me dejaban tranquila, se olvidaban del ketchup y yo me seguía centrando en las horas. Que pasaban lentas, joder. Fue un día terriblemente lento, más incluso que los demás. Llegué a contar el tiempo en caladas hasta que cerró el mercado.Hasta que recibí la ultima paga, y un despido. Normal, pensé. Y me dio igual, porque me esperaba el whisky.
Me arrastré hacia el bar por dentro, por fuera, me comía el mundo, como dije. Sola y directa a la barra, pedí mi vaso de siempre con mucho hielo. Eché un vistazo al local oscuro, maloliente y con una música estridente que jamás necesité, cada hombre era una polla, y cada polla un polvo seguro. Polvo seguro no quería decir que fuese bueno, así que esa noche todo se me volvió incómodo e incontrolable. Me convencía de beber para controlarlo. Yo quería un buen polvo, joder. Asi que seguí pidiendo copas, intentando controlar la situación, intentando caer redonda y que algún gilipollas me estallara la cabeza con una botella, por puta.
- Ésta es tu segunda casa, Sandra. – Dijo él entre risas. Evidentemente aludía a mis ganas de evadirme siempre de todo. Al bar.
Vino como siempre, por la espalda aunque yo nunca me girara. Carlos era un tío elegante y cuidadoso, siempre. Sabía de sobra que había venido de traje y corbata, aunque no me diera la vueta. Todo lo contrario que yo, y aún así le tenía prendado. A pesar de habérmelo follado demasiadas veces en mi mierda de piso y de haberle dado muchas más con la puerta en las narices, él insistía. ¿Cómo a alguien como él podía enamorarse de una guarra como yo? De todas maneras, yo ya tenía bastante con mi vida. No quería destrozar la suya.
- Dame un piti, anda. – Y le tendí la mano.
- Tú siempre tan amable, mujer. – Y me lo dió. Siempre caía el imbécil.
- No estoy de humor.
- Nunca lo estás.
- Hoy podría. A pesar del despido.
- Joder… ¿Otro trabajo perdido, Sandra? – Se preocupaba, aunque no tenía porqué. Yo me encendí el cigarro y seguí.
- Acaba de aparecer a mis espaldas un buen polvo seguro. – Eludí la pregunta, chorradas. Así que seguí con mi tema.
Dí otro trago, dí otra calada y Carlos se puso a mi lado. Apoyado en la barra y sin seguir la conversación. El tío follaba bien, todo hay que decirlo, y era una buena noticia que me hubiera encontrado en ese lugar apestoso, dónde no quería arriesgarme a acoger entre mis piernas a un maldito principiante.
Al final le eché una ojeada, y efectivamente, iba con su traje y corbata. Llamó al camarero y éste sirvió dos copas. Cojonudo, al final me iba a salir la borrachera gratis.
- Bueno, dime ¿Qué ha pasado?
- Problemas con el ketchoop. – y le eché el humo en la cara. A lo mejor funcionaba y se callaba. Siempre hablaba demasiado.
- Problemas contigo, para variar. – ‘Enhorabuena Carlitos, has dado en el clavo.’ Pensé. Y después pensé que eso de echar el humo en la cara no era efectivo en un bar lleno de él.
Él hablaba mucho, y yo solo quería follar. Aunque el quisiera más, aunque le hiciera daño. Ahora fui yo quien no quería seguir laconversación, como dije antes, ya tengo bastante yo sola con mis quebaderos de cabeza. En un santiamén me bebí la invitación y tiré la colilla dentro. Recogí mis cosas y salí fuera. Sabía que Carlos iba a venir detrás. Éste animal de compañía se tropezaba más de dos veces con la misma piedra.
Pasos directos hacia mi piso, rápidos, marcando un ritmo. Y mi nombre resonaba detrás, unas… 3 veces, lo recuerdo perfectamente. 3 veces hasta que dio por perdido que me girara. Le quería, sí. Le quería esa noche en mi ratonera. Y abrí la puerta del portal, y le esperé. Le agarré de la corbata y subí por las escaleras casi arrastrándole, manera de decir que me siguiera sin mediar palabra. Y lo volvió a repetir y volví a ignorar, iba a rallar mi nombre.
Quedaba un piso para mi puerta, y qué pena. Qué pena llevar a alguien que me quiere amarrado como un perro. No por él, sino por la lívido. A cualquier otro tío le habría puesto más que cachondo que una mujer solo se digne a follar y en esas condiciones, a Carlos seguramente le estaría destrozando la vida. Pero todo sea por un buen polvo.
Abro la puerta, le meto dentro, doy un portazo. Y le besé en la boca. Otra forma para decir que se calle sin mediar palabra. Le puse las manos en mis tetas y yo le metí mano, que sea lo que dios quiera. Nos restregamos por las dos estancias que separaban la puerta de mi cuarto, tiramos la lámpara de pie, y yo seguí a lo mío. Por otra cosa en el suelo no me iba a alarmar. Lo que me jodió realmente fue que esa noche se rompió mi vestido, el tercero roto ya en un puto mes. Me jodió eso, antes que Carlos lo hiciera.
Le tiré en la cama después de haberle desnudado en el camino, él ya entendía mi lenguaje. Aparté la botella de whisky de la mesilla, eso sí que no quería que se cayera o rompiera. Más vale prevenir que curar. Le acaricié lo justo, el tanga morado voló por la habitación y me puse encima de él, a contonear cada una de mis curvas como una loca antes de que me montara.
- Sandra, te qu…
Maldita sea. Le tapé la boca, sabía de sobra lo que me iba a decir, de sobra. Seguí moviéndome y sorprendentemente pude decirle algo ingenioso, tan ebria y tan caliente.
- Con ésto los corazones se vomitan mejor. Aprende. – Alcancé la botella de whisky, y le pegué un trago largo y ardiente ahí mismo.
Después le dejé algo para él, aunque nunca le gustó ese rollo. Realmente, nunca le gustó nada de mis formas, y el jodido seguía insistiendo en que yo era la mujer de su vida. Se dignó a seguir follando, aunque esa noche no consiguiera hacer el amor. Como siempre.
Después me montó, y después se corrió. Y yo me corrí la tercera vez. Ahora todo era inercia. Él iba a dormirse, no por el cansancio como un hombre cualquiera, sino por no llorar. 3, 2, 1… Como un tronco. El animal de compañía se quedó roque, y yo odio que me abracen por la noche sino es mi padre. Así pues, esa noche me fui a dormir al sofá después de fumarme un cigarro en la ventana.
2 horas con los ojos abiertos de par en par, y otras dos horas para retorcerme en las pesadillas de siempre. Me desperté, con el primer rayo de sol que entró en esa poca cosa que es mi salón. Me puse lo primero que cojí del suelo para curbirme un poco, estaba en pelotas. Y después recogí la ropa de Carlos por la casa, justo antes de despertarle, para que no hubiera nada de tiempo para conversar antes de echarle de mi casa. Chaqueta, corbata, camisa, y pantalón, los zapatos y ropa interior que se las apañe mientras yo me prepare el café. Le puse todo al lado libre de la cama, le dí unos cuantos puñetazos y le solté un amable ‘Fuera’. Y me fui a la cocina.
Una cocina sucia, hice hueco y me eché algo de leche y café. Me encendí un cigarro y esperé a que el señorito apareciera por ahí. Nada más verle asomándose ya abrí la puerta, y no preparé una patada por cortesía, el chaval lo hizo bien. Salió sin mediar palabra, aprendía rápido, o eso me parecía hasta que me impidió cerrar con su mano.
- Creo que va siendo hora de alejarme de ti. – eso era una mala noticia para mí, aunque buena para él.
- No tienes porqué. – Soy egoísta, que queréis que le haga.
- Creo que ésta decena de noches me han en…
Una cocina sucia, hice hueco y me eché algo de leche y café. Me encendí un cigarro y esperé a que el señorito apareciera por ahí. Nada más verle asomándose ya abrí la puerta, y no preparé una patada por cortesía, el chaval lo hizo bien. Salió sin mediar palabra, aprendía rápido, o eso me parecía hasta que me impidió cerrar con su mano.
- Creo que va siendo hora de alejarme de ti. – eso era una mala noticia para mí, aunque buena para él.
- No tienes porqué. – Soy egoísta, que queréis que le haga.
- Creo que ésta decena de noches me han en…
-¿Bebiste el whisky? – Volví a pasar de él, de charlas sentimentales, y de esa mierda. Que haga lo que le salga de los cojones, pensé, en un bar seguro que hay mejores.
- No.
- Entonces si no sana hoy, sanará en Otoño. – El tiempo lo cura todo, amigo.
Entonces cerré la puerta, oí los pasos bajando las escaleras. Me quedé un momento analizando todo lo que estaba pasando, con la mano apoyada en la puerta, como la más sutil de las despedidas. Allá se fue el hombre que más me ha querido en mi vida, y el único que me querrá así.
Y yo, Sandra, 34 años, sin curro, y metida en una ratonera que ya no podía pagar, después de un buen polvo con el tío de mi vida que jamás lo fue, me dí cuenta de que era una mujer fracasada. Que no sabía querer. Y que estaba llorando.
- No.
- Entonces si no sana hoy, sanará en Otoño. – El tiempo lo cura todo, amigo.
Entonces cerré la puerta, oí los pasos bajando las escaleras. Me quedé un momento analizando todo lo que estaba pasando, con la mano apoyada en la puerta, como la más sutil de las despedidas. Allá se fue el hombre que más me ha querido en mi vida, y el único que me querrá así.
Y yo, Sandra, 34 años, sin curro, y metida en una ratonera que ya no podía pagar, después de un buen polvo con el tío de mi vida que jamás lo fue, me dí cuenta de que era una mujer fracasada. Que no sabía querer. Y que estaba llorando.
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