sábado, 27 de noviembre de 2010

Ángel caído.


Tengo la ropa interior por bandera, y las ganas al viento. Las manos con ansia de enredarse en cualquier largo pelo. Tengo alas, aunque no las use. El infierno es el lugar perfecto para no querer volver ahí arriba. Aquí hay demasiados bares dónde echarle polvos a todas las hadas del mundo. Que me laman mucho más que las heridas aquellas que dicen que existe Nunca Jamás.

Soy ese ente que cree que su sangre se bebe en el santo grial, y bajo su mando hay cuatro jinetes dispuestos a acabar con todo. Aquel al que le alumbra un candelabro de siete brazos y que cubre de manchas su cuerpo.
No siento, ni padezco, y vendo cualquier emoción por plata barata. Soy la bestia, la coraza y las cenizas de un querubín. La mano izquierda y el caos. La oveja negra que absorbe los mares. Quien te tienta toda la vida más 40 días. Soy quien declara batallas al tiempo para poder ser más. 
Soy la víctima de la vida en una lucha a muerte. Ahora soy más de 23 heridas mortales. Soy cadáver entonces, soy mierda y manjar. Soy quien ha caido, y aún porta la luz en su nombre para levantarse. Soy quien desobedece por desencanto. Soy coraje. Soy individuo. Soy mi Dios.




viernes, 26 de noviembre de 2010

Bloodseeker.

El asesinato perfecto es el que te satisface, aunque lo pongas todo perdido.

Siempre me dicen que soy una guarra y una desordenada con respecto a las habitaciones, pero jamás había manchado tanto hasta ese día. La habitación vacía y sin muebles hacía eco a cada latido, parecía encharcada de aquel líquido negruzco, hasta las cortinas chorreaban un color rojo y pardo, como si se acabaran de aclarar en las aguas de la plaga de Egipto. Y ahí estaba, el personaje principal de esa macabra función, la puta que me hacía llorar con su éxito, tirada en el suelo, inmóvil. El instrumento protagonista, afilado como las garras de un felino, aún musitaba ánimos desde mi mano derecha, y yo, con los pies enterrados bajo el cuerpo boca abajo, observaba con sorpresa mi gran obra maestra. Es así, la sangre se derramaba pasionalmente, autobombeándose, muerta, en el suelo blanco. Las huellas agónicas arrastradas en las paredes enyesadas eran la guinda de MI pastel.

Si algo me gusta hasta la saciedad, son los planes a largo plazo, porque son efectivos. Profesionales. El pelo de la muchacha era áspero, mojado, lo acaricié agachándome con mi mano izquierda, lentamente, incluso dejando un rastro de aire lascivo. Delicioso, los dedos se entrelazaban en su nuca en carne viva, ahí pegué el tirón de justicia. Ahora, la mitad del cuerpo levitaba a la altura de mis muslos, como los hilos de un títere colgaba su cabeza de mis manos descabelladas.
Y empecé a cortar.
Ahí donde se une la vida con la carne.
En su mismísimo cuello.
 A tirones, la gravedad hacía presencia, el cuerpo pesado se separaba unos centímetros del cráneo a cada corte. La sangre del cuerpo aún caliente recorría mis piernas a borbotones, en grandes ríos que desprendían su olor metálico característico, a veces dulzón. Muy dulzón. De hecho, me hubiera gustado haberlo bebido a litros, alomejor me llegaba a tragar hasta su alma. El último golpe contra el suelo, un cuerpo muerto y un trofeo en mis manos fué lo que quedó y lo que buscaba. Por un momento deliré, ví como aquella cabeza abría los ojos y sonreía, como siempre, después de putearme la vida, pero ésta vez era distinto porque estaba ella en mis manos, y no al revés.

Y una profunda satisfacción me empapó hasta las entrañas, con flujo vaginal, con elixir de vida, con sangre. Como si me hubiera caído la mejor y más melancólica tromba de agua en otoño. Me empapaba el lugar izquierdo de la mano de Dios.



 
Hay heridas que solo se curan con raticida.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Sandra


Sandra. 34 años. Sin hijos. Bonitas piernas, bonitos ojos y bonitas tetas. ‘ Dejadla, no tiene la cabeza en este mundo’ era toda la desripción que me dedicaba mi familia. Ni llamadas, ni cariño, ni ostias. Consagrada al alcohol y a los vicios, a las noches de bares y los pintalabios rojos, aunque no me gustaran. Pensaba demasiado en la muerte, asique poco en la vida. Y con un curro de cajera. Tenía que aguantar a la cuarentona de turno, al niño inaguantable y alguna que otra mierda con los códigos de barras, pero la paga mínima por lo menos me daba para matener el maldito piso alquilado. Un piso desordenado y asqueroso, pequeño cuchitril donde se podía apreciar la mucha atención que prestaba a las cosas como a los hombres. Siempre lo ví como una ratonera con el espacio justo para follar. Y el espacio justo para dar cobijo a una mujer que hacía como que se comía el mundo cada noche, aunque luego ese mundo se redujera a una polla.

Me acuerdo perfectamente de ese día, me arreglé como siempre para salir a la caza, aunque fuese a la caja. Labios rojos, vestido negro y ceñido, tacones altos y unas ojeras considerables. Me daban la paga del mes, asique eso se resumía en una nohe de vicio, nada diferenete a las demás aunque me arreglé algo. Aguanté poco a cada imbécil, y fumé mucho aunque estuviese prohibido. No estaba de humor, y menos me apetecía arreglar temas relacionados con botes de ketchup. Asique la mejor respuesta era echar el humo en la cara. Callarme unos cuantos ‘que te den por culo’ y una mirada de asco. Sé de sobra que tenía un aspecto de drogadicta o eso pensaban las familias que pasaban, que en cualquier momento me abalanzaría enloquecida con una navaja sobre su hijo pequeño. Asique lo mejor que podían hacer era pasar del tema. Así me dejaban tranquila, se olvidaban del ketchup y yo me seguía centrando en las horas. Que pasaban lentas, joder. Fue un día terriblemente lento, más incluso que los demás. Llegué a contar el tiempo en caladas hasta que cerró el mercado.Hasta que recibí la ultima paga, y un despido. Normal, pensé. Y me dio igual, porque me esperaba el whisky.

Me arrastré hacia el bar por dentro, por fuera, me comía el mundo, como dije. Sola y directa a la barra, pedí mi vaso de siempre con mucho hielo. Eché un vistazo al local oscuro, maloliente y con una música estridente que jamás necesité, cada hombre era una polla, y cada polla un polvo seguro. Polvo seguro no quería decir que fuese bueno, así que esa noche todo se me volvió incómodo e incontrolable. Me convencía de beber para controlarlo. Yo quería un buen polvo, joder. Asi que seguí pidiendo copas, intentando controlar la situación, intentando caer redonda y que algún gilipollas me estallara la cabeza con una botella, por puta.



- Ésta es tu segunda casa, Sandra. – Dijo él entre risas. Evidentemente aludía a mis ganas de evadirme siempre de todo. Al bar.

Vino como siempre, por la espalda aunque yo nunca me girara. Carlos era un tío elegante y cuidadoso, siempre. Sabía de sobra que había venido de traje y corbata, aunque no me diera la vueta. Todo lo contrario que yo, y aún así le tenía prendado. A pesar de habérmelo follado demasiadas veces en mi mierda de piso y de haberle dado muchas más con la puerta en las narices, él insistía. ¿Cómo a alguien como él podía enamorarse de una guarra como yo? De todas maneras, yo ya tenía bastante con mi vida. No quería destrozar la suya.

- Dame un piti, anda. – Y le tendí la mano.

- Tú siempre tan amable, mujer. – Y me lo dió. Siempre caía el imbécil.

- No estoy de humor.

- Nunca lo estás.

- Hoy podría. A pesar del despido.

- Joder… ¿Otro trabajo perdido, Sandra? – Se preocupaba, aunque no tenía porqué. Yo me encendí el cigarro y seguí.

- Acaba de aparecer a mis espaldas un buen polvo seguro. – Eludí la pregunta, chorradas. Así que seguí con mi tema.

Dí otro trago, dí otra calada y Carlos se puso a mi lado. Apoyado en la barra y sin seguir la conversación. El tío follaba bien, todo hay que decirlo, y era una buena noticia que me hubiera encontrado en ese lugar apestoso, dónde no quería arriesgarme a acoger entre mis piernas a un maldito principiante.

Al final le eché una ojeada, y efectivamente, iba con su traje y corbata. Llamó al camarero y éste sirvió dos copas. Cojonudo, al final me iba a salir la borrachera gratis.

- Bueno, dime ¿Qué ha pasado?

- Problemas con el ketchoop. – y le eché el humo en la cara. A lo mejor funcionaba y se callaba. Siempre hablaba demasiado.

- Problemas contigo, para variar. – ‘Enhorabuena Carlitos, has dado en el clavo.’ Pensé. Y después pensé que eso de echar el humo en la cara no era efectivo en un bar lleno de él.

Él hablaba mucho, y yo solo quería follar. Aunque el quisiera más, aunque le hiciera daño. Ahora fui yo quien no quería seguir laconversación, como dije antes, ya tengo bastante yo sola con mis quebaderos de cabeza. En un santiamén me bebí la invitación y tiré la colilla dentro. Recogí mis cosas y salí fuera. Sabía que Carlos iba a venir detrás. Éste animal de compañía se tropezaba más de dos veces con la misma piedra.

Pasos directos hacia mi piso, rápidos, marcando un ritmo. Y mi nombre resonaba detrás, unas… 3 veces, lo recuerdo perfectamente. 3 veces hasta que dio por perdido que me girara. Le quería, sí. Le quería esa noche en mi ratonera. Y abrí la puerta del portal, y le esperé. Le agarré de la corbata y subí por las escaleras casi arrastrándole, manera de decir que me siguiera sin mediar palabra. Y lo volvió a repetir y volví a ignorar, iba a rallar mi nombre.

Quedaba un piso para mi puerta, y qué pena. Qué pena llevar a alguien que me quiere amarrado como un perro. No por él, sino por la lívido. A cualquier otro tío le habría puesto más que cachondo que una mujer solo se digne a follar y en esas condiciones, a Carlos seguramente le estaría destrozando la vida. Pero todo sea por un buen polvo.

Abro la puerta, le meto dentro, doy un portazo. Y le besé en la boca. Otra forma para decir que se calle sin mediar palabra. Le puse las manos en mis tetas y yo le metí mano, que sea lo que dios quiera. Nos restregamos por las dos estancias que separaban la puerta de mi cuarto, tiramos la lámpara de pie, y yo seguí a lo mío. Por otra cosa en el suelo no me iba a alarmar. Lo que me jodió realmente fue que esa noche se rompió mi vestido, el tercero roto ya en un puto mes. Me jodió eso, antes que Carlos lo hiciera.

Le tiré en la cama después de haberle desnudado en el camino, él ya entendía mi lenguaje. Aparté la botella de whisky de la mesilla, eso sí que no quería que se cayera o rompiera. Más vale prevenir que curar. Le acaricié lo justo, el tanga morado voló por la habitación y me puse encima de él, a contonear cada una de mis curvas como una loca antes de que me montara.

- Sandra, te qu…

Maldita sea. Le tapé la boca, sabía de sobra lo que me iba a decir, de sobra. Seguí moviéndome y sorprendentemente pude decirle algo ingenioso, tan ebria y tan caliente.

- Con ésto los corazones se vomitan mejor. Aprende. – Alcancé la botella de whisky, y le pegué un trago largo y ardiente ahí mismo.

Después le dejé algo para él, aunque nunca le gustó ese rollo. Realmente, nunca le gustó nada de mis formas, y el jodido seguía insistiendo en que yo era la mujer de su vida. Se dignó a seguir follando, aunque esa noche no consiguiera hacer el amor. Como siempre.

Después me montó, y después se corrió. Y yo me corrí la tercera vez. Ahora todo era inercia. Él iba a dormirse, no por el cansancio como un hombre cualquiera, sino por no llorar. 3, 2, 1… Como un tronco. El animal de compañía se quedó roque, y yo odio que me abracen por la noche sino es mi padre. Así pues, esa noche me fui a dormir al sofá después de fumarme un cigarro en la ventana.
2 horas con los ojos abiertos de par en par, y otras dos horas para retorcerme en las pesadillas de siempre. Me desperté, con el primer rayo de sol que entró en esa poca cosa que es mi salón. Me puse lo primero que cojí del suelo para curbirme un poco, estaba en pelotas. Y después recogí la ropa de Carlos por la casa, justo antes de despertarle, para que no hubiera nada de tiempo para conversar antes de echarle de mi casa. Chaqueta, corbata, camisa, y pantalón, los zapatos y ropa interior que se las apañe mientras yo me prepare el café. Le puse todo al lado libre de la cama, le dí unos cuantos puñetazos y le solté un amable ‘Fuera’. Y me fui a la cocina.

Una cocina sucia, hice hueco y me eché algo de leche y café. Me encendí un cigarro y esperé a que el señorito apareciera por ahí. Nada más verle asomándose ya abrí la puerta, y no preparé una patada por cortesía, el chaval lo hizo bien. Salió sin mediar palabra, aprendía rápido, o eso me parecía hasta que me impidió cerrar con su mano.



- Creo que va siendo hora de alejarme de ti. – eso era una mala noticia para mí, aunque buena para él.

- No tienes porqué. – Soy egoísta, que queréis que le haga.

- Creo que ésta decena de noches me han en…

-¿Bebiste el whisky? – Volví a pasar de él, de charlas sentimentales, y de esa mierda. Que haga lo que le salga de los cojones, pensé, en un bar seguro que hay mejores.

- No.

- Entonces si no sana hoy, sanará en Otoño. – El tiempo lo cura todo, amigo.

Entonces cerré la puerta, oí los pasos bajando las escaleras. Me quedé un momento analizando todo lo que estaba pasando, con la mano apoyada en la puerta, como la más sutil de las despedidas. Allá se fue el hombre que más me ha querido en mi vida, y el único que me querrá así.

Y yo, Sandra, 34 años, sin curro, y metida en una ratonera que ya no podía pagar, después de un buen polvo con el tío de mi vida que jamás lo fue, me dí cuenta de que era una mujer fracasada. Que no sabía querer. Y que estaba llorando.



domingo, 3 de octubre de 2010

Fire.

 Pasé la cerilla por las cuerdas que te ataban.
En tu próximo funeral seré yo quien me parta la polla. Y es una pena, que me tengas en frente y grites y que no puedas ver mi cara hasta el final de la función. A pesar de que sepas quién soy, qué hago, y porqué lo hago. Por eso es que llevo una máscara en la cabeza, porque a todos nos gusta hacer teatro y descubrir el final más gratificante. Ya sabes, exigencias del guión.
Te contaré un secreto, y es que cuando sepas quién soy, volarás por los aires. Actúa como mejor puedas, ¿vale?. Tiene que quedar bien. Tan solo mírate el pecho y colócate la mano en él, mientras tu espalda arde. Notarás que esos latidos son más una bomba de relojería que el bombeo de la sangre que no tienes. Sssssh, ssssssh, cojón, cállate ya. Agito las manos para indicarte que bajes la voz. Tus súplicas no me dejan escucharlos. Se hace el silencio, se oye solo la respiración acelerada. Y lo notas, sabes perfectamente que ahí dentro tienes algo que acabará contigo. Puede ser tanta mierda, chiquillo.
Te hago un adelanto de tu funeral y me río a carcajadas. Chico, me encanta ver en tus ojos las ganas de que se te pare el corazón en seco, la confusión de no saber qué latido será el mortal. Y de nuevo a las súplicas. Joder, ¿esque no te das cuenta de que es cosa tuya? ¿que yo no he podido colocar nada dentro de tí? No soy cirujana, soy de artes... tan sólo lo he descubierto. Y lo resalto. Y lo contemplo. Y lo compongo. Y le doy un ambiente más o menos infernal. Porque solo el fuego purifica, cariño.






 No me mires mal. En parte salvaré al mundo de que escupas tanto alquitrán, cielo. Y poco a poco salvaré al resto del resto de sus congéneres y su petróleo interno. Crudo que puede arder en otra función mayor. Homo homini lupus est.

Por mucho que dibuje, escriba o reinvente cualquier cosa, éstas siempre serán mis pequeñas obras de arte.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Para hacer arte de verdad hay que sufrir.

[...]

  - Pinta algo.
Y Misty dijo:
  - Nadie pinta. Ya no lo hace nadie.
Si alguien entre sus conocidos pintaba, usaba su propia sangre o su propio semen. Y pintaban sobre perros vivos de la perrera o sobre postres moldeados de gelatina, pero nunca sobre un lienzo.
Y Peter dijo:
  - Apuesto a que tú todavía pintas sobre lienzo.
  -¿Porqué? - dijo Misty-. ¿Porque soy una retrasada? ¿Porque no sé hacer nada mejor?
Y Peter dijo:
  - Tú pinta, joder.

Se suponía que tenían que haber superado el arte representativo. Eso de hacer cuadros bonitos. Se suponía que debían aprender el sarcasmo visual. Misty decía que pagaban una matrícula demasiado alta para no practicar las técnicas de la ironía eficaz. Decía que las pinturas bonitas no enseñaban nada al mundo.
Y Peter dijo:
  - Ni siquiera tenemos edad para comprar cerveza, ¿qué ses upone que le tenemos que enseñar al mundo? - Tumbado, allí, de espaldas a su nido de hierbas, con el brazo debajo de la cabeza, Peter dijo-: Todos los esfuerzos del mundo no importan si no estás inspirado.
En caso de que no te dieras cuenta, hostia, pedazo de bobo, Misty quería realmente caerte bien. Solamente para que conste en acta: su vestido, sus sandalias, su sombrero blando de paja, se lo había puesto todo para tí. Si le hubieras tocado el pelo para algo, le habría crujido de tanta laca que llevaba.
Llevaba tanta colonia Windsong que atraía a las abejas.
Y Peter puso el lienzo blanco en su caballete. Y dijo:

  - Maura Kinkaid nunca fue a la puta facultad de Bellas Artes. - Escupió un salivazo verde, cogió otro tallo de hierba y se lo metió en la boca. Con la lengua manchada de verde, dijo-: Apuesto a que si pintaras lo que tienes en el corazón, lo podrías colgar en un museo.
Lo que tenía en el corazón, le dijo Misty, nunca se vendería. La gente no lo compraría.
Y Peter dijo:
  - Tal vez te sorprenderías.

Aquella era la teoría de Peter sobre la expresión personal. Sobre la paradoja de ser un artista profesional. El hecho de que nos pasamos la vida entera intentando expresarnos bien pero no tenemos nada que decir. Queremos que la creatividad sea un sistema de causa y efecto. Resultados. Producto vendible. Queremos que la dedicación y la disciplina equivalgan al reconocimiento y la recompensa. Entramos en la rutina de la facultad de bellas artes, de nuestro programa de posgrado, y practicamos, practicamos, practicamos. No tenemos nada que documentar con nuestras excelentes habilidades. De acuerdo con Peter, nada nos cabrea más que el hecho de que un drogadicto, un vago total o un pervertido baboso creen una obra maestra. Como si fuese un accidente.
Algún idiota que no tiene miedo de decir qué es lo que ama.
  - Platón -dice Peter, y gira la cabeza para soltar otro salivazo verde entre las hierbas-. Platón dijo: ''Aquél que se acerque al templo de las Musas sin inspiración, creyendo que la mera técnica basta, será siempre un ladrón y su poesía será eclipsada por los cantos de los maníacos''.
Se metió otra hierba en la boca, la masticó y dijo:
  -Así pues, ¿qué es lo que convierte en maníaca a Misty Kleinman?
Sus casas de fantasía, sus calles adoquinadas. Sus gaviotas volando en círculos sobre las barcas de los pescadores de ostras cuando eéstos regresan de los bancos que ella no ha visto nunca. Los maceteros de las ventanas abarrotados de dragones y zinnias. Ni en coña iba a pintar toda aquella mierda.
  - Maura Kinkaid -dice Peter- no cogió un pincel hasta que tenía cuarenta y un años. - Empezó a sacar pinceles de la caja de madera descolorida y a retorcerles la punta para afilarlos-. Se casó con un carpintero de toda la vida de la isla de Wayntansea y tuvieron un par de hijos.
Sacó los tubos de pintura de Misty y los puso junto a los pinceles, sobre la manta.
  - No fué hasta que murió su marido - dijo Peter-. Entonces Maura enfermó muchísimo, de tuberculosis o algo parecido. En aquella época, si tenías cuarentay un años ya eras una mujer mayor.
Hasta que murió uno de sus hijos, le contó, Maura Kinkaid jamás habría pintado un cuadro. Y dijo:
  -Tal vez la gente tiene que sufrir de verdad antes de poder arriesgarse a hacer lo que aman.
Tú le dijiste todo ésto a Misty, Peter Wilmot.

Le dijiste que Miguel Ángel era un maníaco-depresivo que se retrató a sí mismo como mártir flagelado en su cuadro. Que Henri Matisse dejó la abogacía por una apendicitis. Que Robert Schumann solamente empezó a componer después de que se le paralizara la mano derecha y eso terminara con su carrera de concertista de piano.
Mientras decías ésto te estabas hurgando el bolsillo, intentando sacar algo.
Hablaste de Nietzsche y de su sífilis terciaria. De Mozart y su uremia. De Paul Klee y el escleroderma que le encogió las articulaciones y los músculos hasta matarlo. De Frida Kahlo y la espina bífida que le llenaba las piernas de llagas sangrantes. De lord Byron y su pie deforme. De las hermanas Brontë y su tuberculosis. De Mark Rothko y su suicidio. De Flannery O'Connor y su lupus. La inspiración necesita enfermedad, heridas y locura.
  - De acuerdo con Thomas Mann -dijo Peter-, los grandes artistas son grandes inválidos.
Y pusiste algo sobre la manta. Allí, entre los tubos de pintura y los pinceles, dejaste un broche enorme de estrás. Con un diámetro tan grande como el de un dólar de plata, era un broche de cristales de color claro, espejitos pulimentados en una rueda de color amarillo y anaranjado, todos mellados y empañados. Allí, encima de la manta a cuadros, el broche parecía estallar a la luz del sol en forma de chispas. El metal era de un color gris deslustrado y engarzaba los cristales de estás con unos dedos diminutos y afilados.
Peter dijo:
  -¿Estás oyendo algo de ésto?
Y Misty cogió el broche. El destello se reflejó directamente en sus ojos y la dejó cegada, deslumbrada. Desconectada de todo lo que había allí, del sol y de las hierbas.
  - Es para tí - dijo Peter-. Para que te inspires.
El reflejo de Misty roto en una docena de fragmentos en cada uno de los cristales de estrás. Un millar decaras diminutoas.
Misty le dijo a los colores que le brillaban en la mano:
  -Y dime ¿cómo murió el marido de Maura Kinkaid?
Y Peter, con los dientes verdes, soltó un salivazo verde entre las hierbas altas que los rodeaban. Con la cruz negra en la cara se lamió los labios verdes con la lengua verde y dijo:
  -Asesinado -dijo Peter-. Lo asesinaron.

Y Misty empezó a pintar.





Diario. Una novela. (Chuck Palahniuk)

domingo, 12 de septiembre de 2010

Derrota.

Desencanto. Esa es la palabra que respiro cada día. Nada que fascine, que me atraiga, ninguna razón por la que deba despertarme salvo la inercia. La inercia y las ganas de que pase algo GRANDE. ¿Qué? Pues sí, es triste vivir de rutina y de esperanza.


 
Mi derrota ya es inevitable. 







Es imposible no buscarte, ni saberte, ni intentar que no me duelas como me duele todo ahora. Mis gestos ya no cuentan una mierda, y se me vá la vida, puedo notarlo. Al final todo se hace tan tedioso que pierdes el control, la fe, y el sentido de tí mismo. Floto, y empiezo a odiar todo, sobre todo la ausencia de ese extraño tan conocido. Llueve por dentro la nostalgia, se cierran las compuertas, me duele la garganta el doble y crece la ambición de no querer nada.


Nada de nada. Estoy acabando con todo, poco a poco, segundo a segundo. Y no me gusta, pero es la única manera de....





.... eliminar todo deseo de abrazarte hasta en zig zag.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Atonía.

Tal vez hubiese sido mejor no haberme ido. Supongo que porque tengo que subir. Me gusta que a la vuelta no haya mucha gente. ¿Sabes por qué? Mejor no te lo digo. Ni siquiera yo lo sé.

Siempre me pongo a un lado del vagón, o al final, en el suelo. No soporto ver como la gente se sienta frente a alguien y se esquiva la mirada. Parecen miedosos zombies que huyen mutuamente y creen que así no van a descubrirse los unos a los otros.
No me preguntes por qué hoy no estoy al final del vagón, en el suelo. Antes lo estaba, pero me cansé de aguantar todo el puñetero rato mi peso sobre las manos que no paraban de temblarme para no caerme de un lado a otro. Además, tengo sed.

A partir de ahora siempre haré ésto, tumbarme entre asiento y asiento y meter la pierna en el agujero del reposabrazos. No me canso de estar aquí, y sigo notando el mismo temblor del tren cuando rozan sus ruedas los raíles, en el fondo me gusta, aunque no debería mentirme de esta manera.
Me tumbo aquí porque estoy agotada.
No es el peso de mi cuerpo lo que me molesta, ni tampoco lo que me hace tumbarme y estar como estoy. Es todo lo que llevo dentro. Sí, ya sé que suena muy dramático, pero es la verdad. La puta y triste verdad.
No paro de poner sonrisas a los amigos cuando hay un fiambre dentro de mí. Es así. El abuso de las máscaras cala dentro y se me quitan todas las ganas de reaccionar a tiempo. A poner fin.

Hacía mucho ya que creía haber perdido la fe y la esperanza. ¿Vaya estupidez, no? Pues bien, era mentira, como de costumbre. Eso jamás se pierde, eso solamente... se desgasta. El día en que me dí cuenta de ello fue cuando dí paso a este martirio cotidiano, dónde lo único que espero al final del día es un mensaje, una llamada o una pantallita parpadeando en la que tan solo se diga algo sencillo, algo que lo diga todo y que no haga falta que se vuelva a repetir. Claro que esa llamada ni ese mensaje nunca llegará. Para la persona de la que espero algo así sólo soy... eso, una tetera.

Tampoco tengo muy claro el por qué no tengo ningún rencor, ni odio, ni nada parecido. Supongo que es más grande la pena que siento por él que otra cosa. Así que, aquí me tienes, tumbada, escribiéndote toda mi mierda sin que me mires. Esperando colgarla.
Me apostaría lo que fuera a que a tí también te ha pasado algo parecido, o incluso puede que hayas sido tú el cabrón que haya hecho algo igual.
Pero qué más da.
No soy yo a la que se le olvidó amar.
Soy yo la que si se pone frente a una ventana y observa su reflejo, puede estar medianamente orgullosa de sí misma.