Entró en mi cabeza como una semana después que su hermano.
Él era melancólico, callado, pálido, triste... y, aunque había cierto aire de familia, ella era su opuesto en muchos sentidos: Sensata, encantadora y simpática.
Es delgada y pálida, élfica y dulce, tenía el pelo largo y negro, llevaba ropa negra y un Anj de plata.
Hay un cuento, en la Cábala, que sugiere que el Ángel de la muerte es tan bello que cuando alguien lo (o la) ve se enamora tan profundamente, tan rápidamente, que el alma se le escapa por los ojos.
Me gusta esa historia.
Hay una historia islámica que dice que el Ángel de la muerte tiene alas enormes llenas de ojos, y que cada vez que un hombre muere uno de ellos se cierra, sólo un momento.
También me gusta esa historia y me encanta imaginarme esas enormes alas y un eterno murmullo de ojos abriéndose y cerrándose.
Y también hay un poco de satisfacción personal. No quería una muerte que sufriera por su papel, o que disfrutase con su morbo, o que no se preocupase. Quería una Muerte como la que me gustaría encontrarme cuando llegue mi hora. Alguien que se preocupase. Como ella.
Neil Gaiman
It's funny but on good days i don't think of her so much. In fact... never. I never just say hi when the sun is on my back and my belly's all warm. On bad days i talk to death constantly, not about suicide, because honestly that's not dramatic enough. Most of us love the stage and suicide is definately your last performance... and we're addicted to the stage. Suicide was never an option.
viernes, 10 de septiembre de 2010
jueves, 9 de septiembre de 2010
miércoles, 8 de septiembre de 2010
...Porque no lo sé.
Rise against - Roadside
Dialéctica salvaje, lo siento... yo - no - sé. Yo - no - puedo. Mis lágrimas se mueren. Mis palabras se arrancan de cuajo, cortas y afiladas. Siempre se me olvida que todavía se puede perder un poco más. Soy estúpida.
Me pican los ojos. Es difícil darse cuenta de todo. Fracciones de tiempo expandidas sin control. Mil versos a la fuga... Demasiadas imágenes no vividas sin sincronizar. La ostia, el corte, el mordisco, la autolesión, es el dique, el último recurso disponible que te lleva a no ser capaz de dar un paso más. Una especie de defensa innata contra la propia liquidación. Un punto de inflexión a partir del cual todo se vuelve un poco más lento: Lo suficiente para seguir viviendo. Unos instantes de falsa, pero necesaria tranquilidad, donde el tiempo parece pararse, y el placer y el dolor se dan el más húmedo de los abrazos posibles.
Tan sólo gracias por tu regalo, aquellas lindas toneladas de ganas de morir. ...Qué bonito habría sido no haberte conocido jamás.
Dialéctica salvaje, lo siento... yo - no - sé. Yo - no - puedo. Mis lágrimas se mueren. Mis palabras se arrancan de cuajo, cortas y afiladas. Siempre se me olvida que todavía se puede perder un poco más. Soy estúpida.
Me pican los ojos. Es difícil darse cuenta de todo. Fracciones de tiempo expandidas sin control. Mil versos a la fuga... Demasiadas imágenes no vividas sin sincronizar. La ostia, el corte, el mordisco, la autolesión, es el dique, el último recurso disponible que te lleva a no ser capaz de dar un paso más. Una especie de defensa innata contra la propia liquidación. Un punto de inflexión a partir del cual todo se vuelve un poco más lento: Lo suficiente para seguir viviendo. Unos instantes de falsa, pero necesaria tranquilidad, donde el tiempo parece pararse, y el placer y el dolor se dan el más húmedo de los abrazos posibles.
Tan sólo gracias por tu regalo, aquellas lindas toneladas de ganas de morir. ...Qué bonito habría sido no haberte conocido jamás.
martes, 7 de septiembre de 2010
Prisión.
De día todo ocurre como un sueño, cruje el cielo, todo surge, y todo se mueve.
Demasiado larga, la noche me duele por dentro. Quiero y odio querer, y odio la dependencia y, quiero apartarme del camino de todo y todos. Me entran unas ganas tremendas de deshacerme de todo lo que me encarcele, y las peores cárceles son las personas. Sí, no sé explicarlo bien, pero es como si envejeciera a pasos agigantados en pocas horas. Como si dejara de ser un niño de un segundo a otro y no fuese ni a crecer ni a reír nunca. Empiezo a no creer en cuentos chinos y dudo de toda la magia que un día me robó una sonrisa en el mundo. Las hadas caen muertas. Noto como mi estómago se encoje, la vida agoniza y el corazón se arruga. Noto como me muero del todo y duele. No lo digo por decir, sino porque me duele físicamente de verdad. Como si me torturasen en esta maldita celda en la que rendirse solo te quema más.
Tengo ganas de llorar y cuesta, cuesta aguantar que no se te parta la garganta del peso. Haces fuerza, retienes y... Crack! Se rompe como la madera, y estallas. Me doy cuenta de que echo de menos algo que no existe, y echo de más el resto. Que no me encuentro bien con nada. Que estoy perdida, más aún, que no aguanto más, que no puedo más, lo siento. Se me pudre el alma. Que las cosas no van bien y que todo va, precipitadamente, a una hoguera bajo tierra. Que las sombras me comen, que me enfrento con mi peor enemigo, y estoy perdiendo. Que se me empieza a olvidar eso de vivir.
Pero no sale ni una lágrima. Será que el vacío acabó por vaciarme a mí.
Demasiado larga, la noche me duele por dentro. Quiero y odio querer, y odio la dependencia y, quiero apartarme del camino de todo y todos. Me entran unas ganas tremendas de deshacerme de todo lo que me encarcele, y las peores cárceles son las personas. Sí, no sé explicarlo bien, pero es como si envejeciera a pasos agigantados en pocas horas. Como si dejara de ser un niño de un segundo a otro y no fuese ni a crecer ni a reír nunca. Empiezo a no creer en cuentos chinos y dudo de toda la magia que un día me robó una sonrisa en el mundo. Las hadas caen muertas. Noto como mi estómago se encoje, la vida agoniza y el corazón se arruga. Noto como me muero del todo y duele. No lo digo por decir, sino porque me duele físicamente de verdad. Como si me torturasen en esta maldita celda en la que rendirse solo te quema más.
Tengo ganas de llorar y cuesta, cuesta aguantar que no se te parta la garganta del peso. Haces fuerza, retienes y... Crack! Se rompe como la madera, y estallas. Me doy cuenta de que echo de menos algo que no existe, y echo de más el resto. Que no me encuentro bien con nada. Que estoy perdida, más aún, que no aguanto más, que no puedo más, lo siento. Se me pudre el alma. Que las cosas no van bien y que todo va, precipitadamente, a una hoguera bajo tierra. Que las sombras me comen, que me enfrento con mi peor enemigo, y estoy perdiendo. Que se me empieza a olvidar eso de vivir.
Pero no sale ni una lágrima. Será que el vacío acabó por vaciarme a mí.
lunes, 6 de septiembre de 2010
Alfa y Omega
1… 2…
Dedo en el gatillo y el arma en la sien.
Espero, con las manos ya manchadas de mi sangre, pues ya estoy muerta.
Espero, de rodillas, esclavizada ante nadie pues me creo Libertad. Y esa Libertad se da el tiempo que quiere, dos meses y tres días.
Como un Dios pone principio y pone fin. Con un poco de suerte para vosotros el mundo no me da razones para levantarme de aquí y echar a correr. No me cogeréis viva.
Igual que por mi sangre corre indiferencia, vosotros la escupiréis.
Todo irá bien. O todo seguirá igual.
Y 3.
Dedo en el gatillo y el arma en la sien.
Espero, con las manos ya manchadas de mi sangre, pues ya estoy muerta.
Espero, de rodillas, esclavizada ante nadie pues me creo Libertad. Y esa Libertad se da el tiempo que quiere, dos meses y tres días.
Como un Dios pone principio y pone fin. Con un poco de suerte para vosotros el mundo no me da razones para levantarme de aquí y echar a correr. No me cogeréis viva.
Igual que por mi sangre corre indiferencia, vosotros la escupiréis.
Todo irá bien. O todo seguirá igual.
Y 3.
viernes, 3 de septiembre de 2010
Inspiración.
Cae la noche. El edificio más grande del lugar estalla por los aires. El pueblo es pequeño, y en pocos minutos el humo gris está ahogando el poco aire que respiran todos. El ruido hace que bandadas de pájaros despeguen, anunciando en la ventana de Nacho el apocalipsis inminente de fuego y ceniza. Es la señal que espera, hermano mayor de la familia Misado. Les pilla en medio de la cena familiar, un par de huevos fritos que se quedan sin mojar pan. Como siempre la hermana pequeña estalla en pánico y se agarra a su mamá. El padre se pone su chaqueta marrón larga en un santiamén.
- ¡Vamos Nacho! ¡Levántate, joder! - Grita no se sabe muy bien quién. Alomejor son sus monstruos.
La madre está saliendo por la puerta, a grito pelado, esperando que su hijo la siga como hace su marido. Nacho se queda sentado, parece acostumbrado a los incidentes nocturnos del lugar. Solo mira por la ventana y todo empieza a pasar lento para él. Degusta cada detalle. Su madre cruza la calle, su vestido fucsia ondea, vaporoso en el aire gris, del día gris. El pausado mira detrás del cristal, con asco, como su hermana se balanceaba por los bruscos golpes de la mano de mamá, y ésta, histérica le mira desde fuera haciéndole señales para que le siga, pero Nacho no se mueve. Moja un poco de pan en el aceite, saborea y echa un vistazo a su padre, que arrastra a las vecinas más mayores fuera de sus casas para poder salir a la periferia del lugar antes de que el fuego las carbonice vivas. Allí rezarán agusto. O eso cree Nacho. Tarda un rato en levantarse de la silla de mimbre para recoger la mesa, la madera de la casa vieja relincha bajo sus pies, pero piensa que no puede evitarlo. Ahora solo quiere un poco de silencio y tranquilidad, estar solo antes de la verdadera acción. Vuelve a la salita y apaga la chimenea, porque tiene calor.
- Perfecto. - Suelta sin más, como si todo lo esperase.
Vuelve a sentarse en su silla de mimbre, y pensó que no distinguía la noche del día, ni el estallido de la verdadera normalidad de su pueblo. Nacho siempre veía como a cada hora, todas las personas allí se descomponían, sus ambiciones, sus trabajos, sus vidas, sus hijos, sus familias... poco a poco, minuto a minuto, sin darse cuenta de que ellos mismos eran mentira. El pueblo arde, y Nacho solo piensa en como el pueblo se muere estando vivo. El oxígeno ya no está hecho para él. Quizás es una de las pocas personas que menos tiempo logrará sobrevivir pisando ese pueblo y bebiendo ese agua.
El pelirrojo lo tiene todo planeado y se hurga los bolsillos, deja las llaves sobre la mesa, un bolígrafo negro, un paquete de chicles, unas monedas, una máscara y dos papeles doblados que siempre llevaba consigo por si alguna noche como esa tenía que escribir con letra muy bonita: Adiós. Pero le da pereza hacer los honores.
Se quita la camisa, botón a botón, y acaricia una por una las veintidós cicatrices que tiene en su cuerpo. Siempre empieza por la más grande, y la más blanca, situada justo algo más abajo de su pecho izquierdo. Mientras oye gritos fuera y unos cuantos golpes en la ventana recuerda como se había hecho cada una. Por orden: Atropellos, quemaduras, caídas... Se le escapa una sonrisa justo en este momento. La verdad es que no se arrepiente de ninguna.
Comienza la arritmia, sus manos se paran en su corazón y empieza a temblar. Los nervios le comen vivo justo a esa hora, las once y veintitrés minutos de la noche. Deja su camisa tirada en el suelo, sus cosas colocadas, y se agarra las rodillas porque le queda poco tiempo. El chico susurra para sus adentros, una cuenta atrás, lenta, pero cuenta atrás. 6, 5, 4... Y piensa que el hecho de ponerse un final es lo que le hará caminar. 2, 1... De golpe sale semidesnudo a la calle. Su madre le mira y respira tranquila hasta que... de un movimiento brusco ve que Nacho corre hacia el caos. Hacia el edificio en llamas. La excepción fué su regla en el momento justo y no iba a retroceder.
- ¡Vamos Nacho! ¡Vuelve, joder! - Grita de nuevo alquien, no se sabe muy bien quién. Alomejor son sus monstruos.
Escucha cuchicheos por la calle oscura, como quien escucha hablar a alguien debajo del agua. No quiere mirar atrás porque solo vería mañanas y días perdidos en toda esa condena, en toda esa mierda. No quería respirar más barro asique es su mejor solución. Corre, deshaciéndolo todo a su paso. El pelo del niño Misado parece una llama más a toda velocidad por la calle principal, deja su estela de valentía a pesar de que muchas de las personas que corrían hacia dirección contraría le entorpece, le paraliza, o le da golpes para que vuelva con sus conocidos padres. Es un lucero cálido que resbala por la marabunta de gente oscura, a contracorriente.
A Nacho le pesan más sus fantasmas en ese momento, aunque por fuera ni se inmuta. Su rostro parece indiferente, sin un ápice de emoción, como si la máscara que dejó en la casa la siguiera llevando puesta. Nacho no se siente mal, ni triste, ni nada semejante, tan solo ambicioso. Siente miles y miles de ruiditos dentro de él, que suenan rápido y se notan tras la piel, ya sudorosa, como una bomba. Nacho agujerea la interminable realidad y ama contínuamente. No piensa en otra cosa que no sea en estallar sin control como estalló el sitio al que se dirije, e imaginarse en sus ojos el reflejo que el fuego le impregna.
Irracional, Nacho gira la última esquina, dobla la última calle que, a ojos de los demás, le llevará inevitablemente a un agujero en la tierra. Desde su punto de vista, era su salvación. Arde todo, y él, como una cometa, entra por eso que antes habría sido una puerta algo moderna del edificio.
- ¡Vamos Nacho! ¡Sal, joder! - Grita alguien, cada vez más cercano. No se sabe muy bien quién, alomejor son sus monstruos.
La cara demacrada se hace la sueca, y no presta atención a nada de su alrededor. Es una máquina encendida y sin control. La velocidad que lleva hace que salte las cenizas, que esquive los escombros y que las llamaradas le acaricien las cicatrices de la espalda. Parece que ahora todo objetivo de Nacho es ser el príncipe del averno, es increíble como siempre se mueve así, sube las escaleras, como si lo tuviese todo absolutamente calculado, ágil, veloz, esquivo, arisco, hasta llegar a donde él cree que debe llegar.
De pronto, se queda paralizado en medio de todo ese desastre. Rodeado de hipnóticas llamaradas que le doblaban en tamaño. Pero tampoco intenta avanzar. El piso de arriba escupe vigas con fuerza a pocos metros de él, y otra llamarada hace que le arda el pantalón. El señor lo único que hace es desplomarse de rodillas y echar a llorar. De felicidad.
- ¡Aquí estoy! - Grita entre sollozos que apenas se le oyen. Eran justo las doce menos diez.- Vengo contigo.
- Te dije que te levantases de la cena. - Parece que esta vez, sus monstruos respondían.
- Sabes de sobra que no lo iba a hacer.
- Te dije que volvieras con los tuyos - La voz cada vez más dulce, cada vez más cerca, modelada por el calvario, perfecta. No era humana.
- Sabes de sobra que no son los míos. - Retozó contra el suelo. Solo se oía él.
- Te dije que salieras de aquí.
- Y aquí me tienes. Sabes de sobra que quiero salvarme. - Nacho levanta la cabeza.
Del infierno del lugar salía una figura, menuda, estirada, oscura. Las llamas no le tocan pero parece haber nacido de ellas. El pelo largo y oscuro permanece estirado hasta los tobillos de la mujer, que sin que se le vea la cara, no deja de acercarse al chico. Él tampoco deja de seguirla con los ojos vidriosos. A cada paso, su pelo se mueve como una capa de la más alta realeza. Sus piernas largas parecen verdosas en ese ambiente y mojadas, como siempre, de un líquido oscuro, como sus brazos. Como si acabase de salir de un pozo asqueroso. Parece destrozada, pero elegante. Nacho se levanta del suelo, se sacude en medio de su propio apocalipsis y mira a la mujer más guapa del mundo. Con cuidado coloca las manos en su cintura, por debajo de su largo e inamovible pelo, cruza sus manos en la espalda y la abraza. Su cuerpo se pega en ella, que permanece estirada como un palo. Se contamina. Llena de vida el silencio sin palabras.
- Quiero saber si puedo seguir así, pudiendo terminar todo a tu lado. - Nacho susurra al oido de el ente oscuro y siniestro. Que no da respuesta, porque está expectante. - Todas las noches sigo las catástrofes pensando en tí. No me he rendido aún. De día no me hundo de dolor porque sé que por la noche arderá, estallará, morirá algo, y sé que estarás ahí. - Nacho mueve una mano delicadamente por la espalda de la mujer, fría como el hielo, para ver si recibe lo que quiere. - Arriesgo más de lo que crees. Mi vida no vale una mierda si después no estás tú. ... Sálvame. - Parecen palabras inconexas, frases estudiadas, pero para Nacho todo era un ritual que seguir para volver a probarla una vez más.
- ¿Qué quieres? - Su voz ahora era mecánica. Ácida, que se difuminaba en chispas en el tímpano.
- Quiero la número 23.
Los brazos de ella, finos, escuálidos e impregnados de un ese negruzco alquitrán se posan en la espalda del chico. Una de ellas llevaba un puñal. Sus actos son tan suaves, tan suaves, que Nacho apenas los nota. Los dedos finos no hacían ningún movimiento en vano, y en tres caricias el arma de filo apuntaba a su pulmón derecho. Él se apreta contra ella, como si fuese a perderla de nuevo. No da tiempo a contar, los 20 centímetros ya estaban haciendo de las entrañas del niño de fuego su hogar. Esos son los 40 segundos de agonía y de gloria que encharcan al chaval Misado. La sangre brota, y gotea, y hierve en cada llama de su alrededor. Él sonríe mientras se deja caer. Mientras siente frío. Pero no llora, aprendió hace tiempo a dejar de llorar cuando estaba con ella. Por mucho que le doliera. Entonces ahí es cuando la delicada cara de la mujer se posa en su frente, y le da un beso. Como si le protegiera de todo lo que ocurre a su alrededor. Tan sólo cuando muere y su cuerpo se congela, ella se va, como todas las noches.
Sale el sol. 10:20 AM. Nacho se despierta en el segundo piso, tercera habitación, su cama, tranquilo. Ya se lo conoce. Abajo su padre está en la cocina, su madre parece que ha salido, como siempre. Y su hermana sigue gritando hasta las una de la tarde, porque grita por todo. Huele bien, la luz del sol entra por la ventana, los pájaros cantan, todo parece tranquilo y ordenado. Se acaricia el pecho, y empieza a contar. Pasa por el cuello, el vientre, una pierna... Y las de la espalda. Recuerda una por una como se las hizo y fantasea. Suelta alguna que otra sonrisilla, no se arrepiente de nada. Justo. Veintitrés. Ahora baja a desayunar siendo el más feliz del mundo en ese mundo de mierda.
Tal vez la gente tiene que sufrir de verdad antes de poder arriesgarse a hacer lo que ama.
- ¡Vamos Nacho! ¡Levántate, joder! - Grita no se sabe muy bien quién. Alomejor son sus monstruos.
La madre está saliendo por la puerta, a grito pelado, esperando que su hijo la siga como hace su marido. Nacho se queda sentado, parece acostumbrado a los incidentes nocturnos del lugar. Solo mira por la ventana y todo empieza a pasar lento para él. Degusta cada detalle. Su madre cruza la calle, su vestido fucsia ondea, vaporoso en el aire gris, del día gris. El pausado mira detrás del cristal, con asco, como su hermana se balanceaba por los bruscos golpes de la mano de mamá, y ésta, histérica le mira desde fuera haciéndole señales para que le siga, pero Nacho no se mueve. Moja un poco de pan en el aceite, saborea y echa un vistazo a su padre, que arrastra a las vecinas más mayores fuera de sus casas para poder salir a la periferia del lugar antes de que el fuego las carbonice vivas. Allí rezarán agusto. O eso cree Nacho. Tarda un rato en levantarse de la silla de mimbre para recoger la mesa, la madera de la casa vieja relincha bajo sus pies, pero piensa que no puede evitarlo. Ahora solo quiere un poco de silencio y tranquilidad, estar solo antes de la verdadera acción. Vuelve a la salita y apaga la chimenea, porque tiene calor.
- Perfecto. - Suelta sin más, como si todo lo esperase.
Vuelve a sentarse en su silla de mimbre, y pensó que no distinguía la noche del día, ni el estallido de la verdadera normalidad de su pueblo. Nacho siempre veía como a cada hora, todas las personas allí se descomponían, sus ambiciones, sus trabajos, sus vidas, sus hijos, sus familias... poco a poco, minuto a minuto, sin darse cuenta de que ellos mismos eran mentira. El pueblo arde, y Nacho solo piensa en como el pueblo se muere estando vivo. El oxígeno ya no está hecho para él. Quizás es una de las pocas personas que menos tiempo logrará sobrevivir pisando ese pueblo y bebiendo ese agua.
El pelirrojo lo tiene todo planeado y se hurga los bolsillos, deja las llaves sobre la mesa, un bolígrafo negro, un paquete de chicles, unas monedas, una máscara y dos papeles doblados que siempre llevaba consigo por si alguna noche como esa tenía que escribir con letra muy bonita: Adiós. Pero le da pereza hacer los honores.
Se quita la camisa, botón a botón, y acaricia una por una las veintidós cicatrices que tiene en su cuerpo. Siempre empieza por la más grande, y la más blanca, situada justo algo más abajo de su pecho izquierdo. Mientras oye gritos fuera y unos cuantos golpes en la ventana recuerda como se había hecho cada una. Por orden: Atropellos, quemaduras, caídas... Se le escapa una sonrisa justo en este momento. La verdad es que no se arrepiente de ninguna.
Comienza la arritmia, sus manos se paran en su corazón y empieza a temblar. Los nervios le comen vivo justo a esa hora, las once y veintitrés minutos de la noche. Deja su camisa tirada en el suelo, sus cosas colocadas, y se agarra las rodillas porque le queda poco tiempo. El chico susurra para sus adentros, una cuenta atrás, lenta, pero cuenta atrás. 6, 5, 4... Y piensa que el hecho de ponerse un final es lo que le hará caminar. 2, 1... De golpe sale semidesnudo a la calle. Su madre le mira y respira tranquila hasta que... de un movimiento brusco ve que Nacho corre hacia el caos. Hacia el edificio en llamas. La excepción fué su regla en el momento justo y no iba a retroceder.
- ¡Vamos Nacho! ¡Vuelve, joder! - Grita de nuevo alquien, no se sabe muy bien quién. Alomejor son sus monstruos.
Escucha cuchicheos por la calle oscura, como quien escucha hablar a alguien debajo del agua. No quiere mirar atrás porque solo vería mañanas y días perdidos en toda esa condena, en toda esa mierda. No quería respirar más barro asique es su mejor solución. Corre, deshaciéndolo todo a su paso. El pelo del niño Misado parece una llama más a toda velocidad por la calle principal, deja su estela de valentía a pesar de que muchas de las personas que corrían hacia dirección contraría le entorpece, le paraliza, o le da golpes para que vuelva con sus conocidos padres. Es un lucero cálido que resbala por la marabunta de gente oscura, a contracorriente.
A Nacho le pesan más sus fantasmas en ese momento, aunque por fuera ni se inmuta. Su rostro parece indiferente, sin un ápice de emoción, como si la máscara que dejó en la casa la siguiera llevando puesta. Nacho no se siente mal, ni triste, ni nada semejante, tan solo ambicioso. Siente miles y miles de ruiditos dentro de él, que suenan rápido y se notan tras la piel, ya sudorosa, como una bomba. Nacho agujerea la interminable realidad y ama contínuamente. No piensa en otra cosa que no sea en estallar sin control como estalló el sitio al que se dirije, e imaginarse en sus ojos el reflejo que el fuego le impregna.
Irracional, Nacho gira la última esquina, dobla la última calle que, a ojos de los demás, le llevará inevitablemente a un agujero en la tierra. Desde su punto de vista, era su salvación. Arde todo, y él, como una cometa, entra por eso que antes habría sido una puerta algo moderna del edificio.
- ¡Vamos Nacho! ¡Sal, joder! - Grita alguien, cada vez más cercano. No se sabe muy bien quién, alomejor son sus monstruos.
La cara demacrada se hace la sueca, y no presta atención a nada de su alrededor. Es una máquina encendida y sin control. La velocidad que lleva hace que salte las cenizas, que esquive los escombros y que las llamaradas le acaricien las cicatrices de la espalda. Parece que ahora todo objetivo de Nacho es ser el príncipe del averno, es increíble como siempre se mueve así, sube las escaleras, como si lo tuviese todo absolutamente calculado, ágil, veloz, esquivo, arisco, hasta llegar a donde él cree que debe llegar.
De pronto, se queda paralizado en medio de todo ese desastre. Rodeado de hipnóticas llamaradas que le doblaban en tamaño. Pero tampoco intenta avanzar. El piso de arriba escupe vigas con fuerza a pocos metros de él, y otra llamarada hace que le arda el pantalón. El señor lo único que hace es desplomarse de rodillas y echar a llorar. De felicidad.
- ¡Aquí estoy! - Grita entre sollozos que apenas se le oyen. Eran justo las doce menos diez.- Vengo contigo.
- Te dije que te levantases de la cena. - Parece que esta vez, sus monstruos respondían.
- Sabes de sobra que no lo iba a hacer.
- Te dije que volvieras con los tuyos - La voz cada vez más dulce, cada vez más cerca, modelada por el calvario, perfecta. No era humana.
- Sabes de sobra que no son los míos. - Retozó contra el suelo. Solo se oía él.
- Te dije que salieras de aquí.
- Y aquí me tienes. Sabes de sobra que quiero salvarme. - Nacho levanta la cabeza.
Del infierno del lugar salía una figura, menuda, estirada, oscura. Las llamas no le tocan pero parece haber nacido de ellas. El pelo largo y oscuro permanece estirado hasta los tobillos de la mujer, que sin que se le vea la cara, no deja de acercarse al chico. Él tampoco deja de seguirla con los ojos vidriosos. A cada paso, su pelo se mueve como una capa de la más alta realeza. Sus piernas largas parecen verdosas en ese ambiente y mojadas, como siempre, de un líquido oscuro, como sus brazos. Como si acabase de salir de un pozo asqueroso. Parece destrozada, pero elegante. Nacho se levanta del suelo, se sacude en medio de su propio apocalipsis y mira a la mujer más guapa del mundo. Con cuidado coloca las manos en su cintura, por debajo de su largo e inamovible pelo, cruza sus manos en la espalda y la abraza. Su cuerpo se pega en ella, que permanece estirada como un palo. Se contamina. Llena de vida el silencio sin palabras.
- Quiero saber si puedo seguir así, pudiendo terminar todo a tu lado. - Nacho susurra al oido de el ente oscuro y siniestro. Que no da respuesta, porque está expectante. - Todas las noches sigo las catástrofes pensando en tí. No me he rendido aún. De día no me hundo de dolor porque sé que por la noche arderá, estallará, morirá algo, y sé que estarás ahí. - Nacho mueve una mano delicadamente por la espalda de la mujer, fría como el hielo, para ver si recibe lo que quiere. - Arriesgo más de lo que crees. Mi vida no vale una mierda si después no estás tú. ... Sálvame. - Parecen palabras inconexas, frases estudiadas, pero para Nacho todo era un ritual que seguir para volver a probarla una vez más.
- ¿Qué quieres? - Su voz ahora era mecánica. Ácida, que se difuminaba en chispas en el tímpano.
- Quiero la número 23.
Los brazos de ella, finos, escuálidos e impregnados de un ese negruzco alquitrán se posan en la espalda del chico. Una de ellas llevaba un puñal. Sus actos son tan suaves, tan suaves, que Nacho apenas los nota. Los dedos finos no hacían ningún movimiento en vano, y en tres caricias el arma de filo apuntaba a su pulmón derecho. Él se apreta contra ella, como si fuese a perderla de nuevo. No da tiempo a contar, los 20 centímetros ya estaban haciendo de las entrañas del niño de fuego su hogar. Esos son los 40 segundos de agonía y de gloria que encharcan al chaval Misado. La sangre brota, y gotea, y hierve en cada llama de su alrededor. Él sonríe mientras se deja caer. Mientras siente frío. Pero no llora, aprendió hace tiempo a dejar de llorar cuando estaba con ella. Por mucho que le doliera. Entonces ahí es cuando la delicada cara de la mujer se posa en su frente, y le da un beso. Como si le protegiera de todo lo que ocurre a su alrededor. Tan sólo cuando muere y su cuerpo se congela, ella se va, como todas las noches.
Sale el sol. 10:20 AM. Nacho se despierta en el segundo piso, tercera habitación, su cama, tranquilo. Ya se lo conoce. Abajo su padre está en la cocina, su madre parece que ha salido, como siempre. Y su hermana sigue gritando hasta las una de la tarde, porque grita por todo. Huele bien, la luz del sol entra por la ventana, los pájaros cantan, todo parece tranquilo y ordenado. Se acaricia el pecho, y empieza a contar. Pasa por el cuello, el vientre, una pierna... Y las de la espalda. Recuerda una por una como se las hizo y fantasea. Suelta alguna que otra sonrisilla, no se arrepiente de nada. Justo. Veintitrés. Ahora baja a desayunar siendo el más feliz del mundo en ese mundo de mierda.
Tal vez la gente tiene que sufrir de verdad antes de poder arriesgarse a hacer lo que ama.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
El mar.
Sigo buscando mi lugar. Las cosas no parecen las mismas cuando estoy en la orilla, se va el sol y tampoco aparece la luna. El horizonte es negro, el sol ya está a salvo, y me zambullo sin pensarlo. Entonces, parece que mi cuerpo se da la vuelta como un calcetín, y lo más jodidamente profundo lo tengo a flor de piel. Y absolutamente todo me duele. La vida me escuece. Nado en la nada, porque en ese momento parece que no hay nada mejor que hacer. Y automáticamente parece que estoy más sola que nunca.
Y lloro, un poco... Porque llorar mucho no es nada comparado con la inmensidad del mar. Sólo es agua salada más caliente de lo normal chorreando en la cara. Es eso, ahí, flotando, la pena parece menos pena y me tranquiliza. Aunque sabemos de sobra que todo sigue igual. De mal.
Me dejo llevar por la marea y ardo boca arriba. Escucho el crepitar de la arena debajo del agua. Respiro. Floto en el vacío y me siento libre. Pero ser tan libre no es bueno, tener tan poco que perder es una mierda. Asique miro las estrellas y parecen ser lo poco de luz que me queda ya, esas razones para querer despertarme cada día. Pendientes de un hilo, colgantes, a punto de caer encima mía. Yo también me caigo, y no hay nada peor que caer sin gravedad. Que solo mi carita salga a flote para perderse en el vacío. Un vacío inmenso, hueco, acaparador de todo. Lento, sinuoso y mirón. Me rodea, dejando su estela de frío y dolor fosforescente. Calada hasta el alma en silencio. Muy muy callada, temerosa de mí, del inútil recuerdo, de la absurda vida. La sal pulula por mis venas y todo empieza a perder su dulzura de siempre. El agua me hace cosquillas entre los dedos de los pies. Los labios que tanto besaron un día, se cortan. Saboreo el aire como si la muerte fuese a buscarme. No me muevo, tengo frío. Y le pido al mar que por favor me deje morir ahí otra noche más. Pero es lo que tiene, le importo una mierda al mar. Y lo sé.
Huyo, me acobardo. Abrazo el agua para salir de ahí. Mis pies tocan la arena y desean borrar sus huellas y echar a volar. En ese momento, extraño y ejecuto los sueños, porque sé que nunca pasarán, y echo de menos a aquél que siempre sale en ellos. Echo de menos existir para alguien. Añoro los tiempos en los que el amor aún no estaba extinto, en los que me comportaba como una tremenda gilipollas. Me encantaría tener tanto que perder, y que fuese bonito.
Me pongo a pensar, y me estrello contra tí. Porque creo que ese es mi sitio.
En Madrid las estrellas no se ven.
Y lloro, un poco... Porque llorar mucho no es nada comparado con la inmensidad del mar. Sólo es agua salada más caliente de lo normal chorreando en la cara. Es eso, ahí, flotando, la pena parece menos pena y me tranquiliza. Aunque sabemos de sobra que todo sigue igual. De mal.
Me dejo llevar por la marea y ardo boca arriba. Escucho el crepitar de la arena debajo del agua. Respiro. Floto en el vacío y me siento libre. Pero ser tan libre no es bueno, tener tan poco que perder es una mierda. Asique miro las estrellas y parecen ser lo poco de luz que me queda ya, esas razones para querer despertarme cada día. Pendientes de un hilo, colgantes, a punto de caer encima mía. Yo también me caigo, y no hay nada peor que caer sin gravedad. Que solo mi carita salga a flote para perderse en el vacío. Un vacío inmenso, hueco, acaparador de todo. Lento, sinuoso y mirón. Me rodea, dejando su estela de frío y dolor fosforescente. Calada hasta el alma en silencio. Muy muy callada, temerosa de mí, del inútil recuerdo, de la absurda vida. La sal pulula por mis venas y todo empieza a perder su dulzura de siempre. El agua me hace cosquillas entre los dedos de los pies. Los labios que tanto besaron un día, se cortan. Saboreo el aire como si la muerte fuese a buscarme. No me muevo, tengo frío. Y le pido al mar que por favor me deje morir ahí otra noche más. Pero es lo que tiene, le importo una mierda al mar. Y lo sé.
Huyo, me acobardo. Abrazo el agua para salir de ahí. Mis pies tocan la arena y desean borrar sus huellas y echar a volar. En ese momento, extraño y ejecuto los sueños, porque sé que nunca pasarán, y echo de menos a aquél que siempre sale en ellos. Echo de menos existir para alguien. Añoro los tiempos en los que el amor aún no estaba extinto, en los que me comportaba como una tremenda gilipollas. Me encantaría tener tanto que perder, y que fuese bonito.
Me pongo a pensar, y me estrello contra tí. Porque creo que ese es mi sitio.
En Madrid las estrellas no se ven.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




